
Entre la irrupción de los influencers, la crisis del modelo tradicional y la necesidad urgente de reinventarse sin perder identidad
Hay momentos en los que una actividad debe mirarse al espejo sin maquillaje. El periodismo agropecuario está atravesando uno de esos momentos. No es una crisis nueva, pero sí es una crisis más visible, más incómoda y, sobre todo, más desafiante. La irrupción de influencers, youtubers y nuevos formatos de comunicación no hizo más que acelerar un proceso que ya venía gestándose hace años: la pérdida de centralidad del periodismo como único canal válido de información y construcción de sentido
El problema no es la existencia de estos nuevos actores. Sería un error conceptual plantearlo en términos de competencia o amenaza. Cada uno ocupa un lugar dentro de un ecosistema comunicacional que se volvió más complejo, más fragmentado y, también, más superficial en muchos casos. Lo que sí resulta inevitable es reconocer que el periodismo agropecuario dejó espacios vacíos. Y esos espacios, naturalmente, fueron ocupados.
Durante mucho tiempo, el periodismo del sector se movió en una zona de comodidad. Se construyó credibilidad, es cierto, pero también se confundieron roles. En más de una oportunidad se dejó de observar para pasar a acompañar, de analizar para defender, de preguntar para afirmar. La objetividad, ese valor tan declamado, empezó a diluirse en una lógica de pertenencia. Como si ser periodista agropecuario implicara necesariamente ser parte del sector productivo. Y no lo es.
El punto de quiebre más claro de esa lógica puede rastrearse en el conflicto de 2008, con la Resolución 125. Allí, buena parte del periodismo agropecuario tomó una posición activa, acompañando —con convicción— a un sector que sentía amenazado su modelo productivo. Esa cercanía dejó huellas. Algunas positivas, otras no tanto. Porque después de ese acompañamiento, el reconocimiento fue más simbólico que estructural. La dirigencia agradeció, pero no necesariamente construyó un sistema que fortaleciera al periodismo como actor independiente y sostenible.
En paralelo, las empresas comenzaron a reconfigurar su estrategia de comunicación. El avance de las redes sociales, la aparición de métricas inmediatas y la obsesión por los números generaron un cambio profundo en la asignación de la pauta publicitaria. Likes, visualizaciones, alcance. Todo parece medirse en función de la cantidad. Y ahí es donde el periodismo tradicional empezó a quedar en desventaja frente a comunicadores que no necesariamente investigan, pero sí conectan rápido, de manera simple, directa, emocional.
Ahora bien, hay una trampa en ese razonamiento. Porque no todo lo que se mide es lo que realmente importa. En el agro, la decisión productiva rara vez se toma por una publicación en redes o por una nota periodística. El productor es, por naturaleza, conservador. No arriesga sobre la base de un video o una recomendación liviana. Observa, compara, consulta. Mira qué hizo su vecino, escucha a su ingeniero agrónomo, evalúa resultados concretos. En ese sentido, la influencia —tanto del periodismo como de los influencers— es relativa.
Sin embargo, eso no exime de responsabilidad al periodismo. Al contrario, lo obliga a repensarse. Porque si bien la decisión final no pasa por ahí, la construcción de agenda, la generación de confianza y la formación de criterio siguen siendo territorios donde el periodismo puede y debe jugar un rol central.
El desafío, entonces, no es resistir el cambio. Es entenderlo. Y, sobre todo, integrarlo. El periodista agropecuario necesita evolucionar hacia una figura híbrida. Un “influencer con rigor”, si se quiere. O, mejor dicho, un profesional que conserve la profundidad, la verificación y la credibilidad, pero que al mismo tiempo sea capaz de comunicar con cercanía, con lenguaje actual, con empatía y con presencia en los nuevos formatos.
No se trata de hacer concesiones a la liviandad. Se trata de adaptar la forma sin resignar el fondo.
En este escenario también aparecen otras responsabilidades. El sector agropecuario, históricamente poco permeable a la crítica, debe asumir que un periodismo sano no es un periodismo complaciente. La reacción corporativa frente a la mirada crítica no fortalece al sector, lo debilita. Del mismo modo, la dirigencia tiene una deuda pendiente con el periodismo del interior, ese que trabaja en silencio en pueblos pequeños, donde la llegada es directa, profunda y altamente segmentada. Allí, muchas veces, el impacto de la comunicación es más efectivo que en grandes medios donde el mensaje se diluye.
Las empresas, por su parte, enfrentan su propio dilema. La sobreoferta de canales, la multiplicación de voces y la fragmentación de audiencias generan un verdadero cuello de botella a la hora de decidir dónde invertir. Apostar únicamente a la masividad puede ser tan ineficiente como ignorar el valor de la segmentación. Y en ese equilibrio, el periodismo agropecuario tiene una oportunidad, siempre que logre demostrar su diferencial.
Porque el problema de fondo no es tecnológico ni económico. Es de posicionamiento.
Hoy, prácticamente todo el periodismo agropecuario es independiente. Cada periodista es, en gran medida, responsable de su propio proyecto. Y eso implica asumir riesgos, pero también tomar decisiones. No alcanza con producir contenido. Hay que construir comunidad, generar identidad, sostener coherencia y, sobre todo, ofrecer valor real.
La velocidad del mundo actual no va a disminuir. La saturación informativa tampoco. El lector, el oyente, el productor tienen cada vez menos tiempo. Muchas veces se quedan con un título, con una bajada, con una impresión rápida. Y en ese contexto, la claridad, la síntesis y la capacidad de captar atención se vuelven herramientas tan importantes como la profundidad.
El periodismo agropecuario está, sin dudas, ante una encrucijada. Puede quedarse defendiendo un modelo que ya no alcanza o puede animarse a transformarse. No para parecerse a otros, sino para potenciar lo que lo hizo valioso: la credibilidad.
El camino no es sencillo. Implica autocrítica, adaptación y, sobre todo, decisión. Pero también abre una oportunidad concreta. Porque en un mundo saturado de mensajes, lo que realmente escasea no es la información. Es la confianza.
Y ahí, todavía, el periodismo tiene mucho para decir.
Lic. Horacio Esteban – Director Portal Agropecuario

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