
Entre impuestos, ineficiencias y falta de coordinación, la crisis expone asimetrías que afectan al productor, a la industria y al consumidor
Argentina atraviesa una de esas etapas donde las cifras macroeconómicas explican solo una parte del problema. La otra, más visible y cotidiana, se siente en la góndola, en el mostrador de la carnicería y en el ticket del supermercado. El consumo se retrae con fuerza y, al mismo tiempo, distintos eslabones de la cadena agroindustrial —lácteos, carne vacuna, economías regionales— exhiben una rentabilidad desigual, con tensiones que se trasladan de punta a punta.
El productor asegura que no recibe un precio justo por lo que entrega. El consumidor siente que paga caro. En el medio, la industria y la comercialización también argumentan aumentos de costos, presión fiscal y caída de volumen. El resultado es una ecuación que no cierra para nadie.
Una crisis que golpea doble
La caída del poder adquisitivo impacta directamente en alimentos que históricamente forman parte de la mesa argentina. La carne vacuna, los lácteos y otros productos básicos han sufrido una merma en el consumo per cápita. No es solo un cambio cultural: es una restricción presupuestaria.
En paralelo, los cambios estructurales impulsados en los últimos tiempos —orientados a ordenar variables macroeconómicas y a liberar ciertas distorsiones— han sido celebrados por algunos sectores empresariales, pero no necesariamente han generado un alivio inmediato en los ingresos de los trabajadores. Muchos hogares enfrentan dificultades para cubrir gastos corrientes e incluso para sostener el pago de tarjetas de crédito que durante años funcionaron como herramienta de financiamiento del consumo.
La pregunta central: ¿dónde se rompe la cadena?
Si el productor no recibe un precio acorde y el consumidor paga valores elevados, es evidente que existen factores intermedios que distorsionan la formación de precios. Allí aparecen varias hipótesis:
- Alta carga impositiva: En numerosos alimentos, la presión fiscal acumulada entre Nación, provincias y municipios representa un porcentaje significativo del precio final. IVA, Ingresos Brutos, tasas municipales y cargas indirectas impactan en cada etapa.
- Costos logísticos y financieros: Transporte, energía, almacenamiento y financiamiento encarecen el recorrido desde el campo hasta la góndola.
- Ineficiencias estructurales: Falta de escala, escasa integración vertical o problemas de productividad en algunos segmentos pueden generar sobrecostos.
- Falta de transparencia en la cadena: La escasa información pública y clara sobre márgenes y costos reales alimenta sospechas y dificulta la toma de decisiones.
Sin embargo, reducir el problema a un solo factor sería simplificar en exceso una realidad compleja.
¿Intervención o articulación?
El debate no pasa necesariamente por una mayor regulación del mercado. La experiencia argentina demuestra que las intervenciones directas sobre precios, sin resolver las causas estructurales, suelen generar efectos colaterales: desincentivo a la producción, menor oferta futura o aparición de mercados paralelos.
La alternativa podría orientarse hacia otro enfoque:
- Revisión integral de la carga impositiva sobre alimentos básicos.
- Simplificación de tributos y reducción de impuestos distorsivos.
- Promoción de mayor competencia y transparencia en la comercialización.
- Incentivos a la eficiencia y a la inversión tecnológica en toda la cadena.
- Mesas sectoriales permanentes que integren productor, industria, comercio y Estado.
El Estado, en este contexto, no debería actuar como fijador de precios, sino como articulador y facilitador de soluciones que reduzcan distorsiones y promuevan un esquema más equilibrado.
El desafío del “ganar-ganar”
El productor quiere previsibilidad, rentabilidad y reglas claras. El consumidor necesita alimentos de calidad a precios accesibles. La industria requiere escala, estabilidad y financiamiento competitivo. Ninguno de estos objetivos es incompatible si se corrigen las asimetrías estructurales.
La Argentina tiene capacidad productiva, conocimiento técnico y una tradición agroindustrial que la posiciona entre los principales exportadores mundiales. Pero esa fortaleza externa debe complementarse con un mercado interno sólido.
Recuperar el consumo no es solo una cuestión económica: es también social. Cuando la mesa se achica, el malestar se amplifica. Y cuando la producción pierde rentabilidad, el futuro se compromete.
Una conclusión inevitable
La salida no parece estar en recetas mágicas ni en soluciones de corto plazo. El desafío es reconstruir confianza y equilibrio en la cadena agroindustrial, revisando impuestos distorsivos, promoviendo eficiencia y generando un marco estable que permita que cada eslabón funcione con rentabilidad razonable.
Si el productor produce con previsibilidad y el consumidor accede a precios justos, la cadena vuelve a cumplir su rol estratégico.
En definitiva, el futuro del país también se juega en esa ecuación cotidiana entre lo que se siembra, lo que se procesa y lo que finalmente llega a la mesa de los argentinos.
Por Horacio Esteban
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