
Las suspensiones registradas en el frigorífico ArreBeef de la localidad bonaerense de Pérez Millán volvieron a poner sobre la mesa una discusión que atraviesa desde hace años al negocio de la carne en Argentina. La empresa redujo su nivel de actividad y dejó sin tareas a cerca de 400 trabajadores tercerizados, en un contexto de caída del ritmo de faena y fuerte presión de costos en la industria frigorífica.
Según fuentes del sector, el volumen de faena de la planta se redujo significativamente en las últimas semanas, en parte por el aumento del precio del ganado en pie y por un tipo de cambio que muchos exportadores consideran poco competitivo para vender al exterior.
Más allá del impacto laboral inmediato que estas decisiones generan en las comunidades donde se ubican las plantas frigoríficas, el episodio vuelve a dejar en evidencia un problema estructural de la cadena ganadera: la distancia que muchas veces existe entre las expectativas del mercado y la realidad económica del negocio.
Durante años se instaló con fuerza en distintos espacios de análisis la idea de que la demanda internacional por la carne argentina es prácticamente ilimitada y que los compradores del exterior están dispuestos a pagar valores cada vez más altos por el producto. Ese argumento, repetido con frecuencia, alimenta la percepción de que el negocio exportador tiene márgenes amplios y capacidad para absorber cualquier incremento en el costo de la hacienda.
Sin embargo, los hechos muestran que la ecuación es mucho más compleja.
Cuando el precio del ternero y del ganado para faena sube con fuerza en el mercado interno, ese aumento impacta directamente en el principal costo de la industria frigorífica. En ese contexto, los frigoríficos exportadores quedan atrapados entre dos variables difíciles de conciliar: por un lado, el valor creciente de la hacienda y, por otro, los precios internacionales que responden a condiciones globales y a una competencia cada vez más intensa entre países proveedores.
A diferencia de lo que muchas veces se sugiere en el debate público, los mercados internacionales no pagan cualquier precio. Los valores que convalidan dependen del equilibrio entre oferta y demanda global, del poder de compra de los importadores y de la competencia de otros exportadores como Brasil, Uruguay o Australia.
Tampoco el mercado interno puede compensar completamente esos desfasajes. Algunos cortes premium logran valores elevados en restaurantes o nichos gastronómicos específicos, pero representan apenas una fracción de la media res. El grueso de los cortes sigue dependiendo del consumo doméstico, que a su vez está condicionado por el poder adquisitivo de la población.
En ese marco, lo ocurrido en ArreBeef no es un hecho aislado sino el reflejo de un sistema productivo que funciona con márgenes muy estrechos y que se vuelve extremadamente sensible a cualquier desbalance entre el precio del ganado, el tipo de cambio y los valores de exportación.
Por eso, más que aferrarse a relatos optimistas sobre un supuesto mercado internacional dispuesto a pagar cualquier cifra por la carne argentina, el desafío para la cadena cárnica parece ser otro: construir un modelo de negocios más realista, donde las decisiones productivas y comerciales se apoyen en datos concretos y no en expectativas que muchas veces terminan chocando con la matemática del negocio.
Por Horacio Esteban

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