30 de marzo de 2026

Portal Agropecuario

El Campo por todos los medios

La grieta que nos parió: del Puerto y la Aduana al campo que todavía no reconocemos

De la Argentina que nació dividida al país que hoy discute su rumbo entre modelos enfrentados, una constante atraviesa la historia: la disputa por la renta, el poder y la identidad productiva de una Nación que genera alimentos pero no termina de asumirse como agroindustrial

Hay algo en la Argentina que no cambia, aunque todo parezca moverse. Cambian los gobiernos, los discursos, los nombres de los bandos, pero la lógica se repite con una precisión casi incómoda: de un lado y del otro, con la convicción de que el que piensa distinto no es solo un adversario, sino alguien que pone en riesgo el rumbo del país. Y ahí empieza todo. O mejor dicho, ahí vuelve a empezar.

Porque la pregunta no es nueva, pero sigue abierta: ¿cuándo comenzó esta grieta que nos atraviesa en todo —en la política, en la economía, en la sociedad, incluso en lo cotidiano—? ¿Y por qué, teniendo todo para crecer, seguimos atrapados en una discusión permanente que nos frena más de lo que nos impulsa?

La respuesta no está en un hecho puntual ni en un nombre propio. Está en un proceso largo, profundo, que se fue construyendo con el tiempo. Y hay algo que conviene asumir desde el principio: la grieta no es un accidente. Es un sistema que aprendimos a repetir.

De hecho, la Argentina nace con esa tensión. Cuando todavía no estaba claro qué país se estaba formando, ya se discutía quién iba a manejar el poder y, sobre todo, los recursos. Buenos Aires, con el puerto y la Aduana, concentraba la renta; las provincias reclamaban participación, producción y un federalismo que no fuera solo declamativo. No era solo una discusión política, era una discusión económica en estado puro. Era el modelo de país en juego.

Y en ese camino, el campo aparece temprano, casi como una constante silenciosa que atraviesa toda la historia. Con el tiempo, Argentina encontró en la producción de alimentos su lugar en el mundo. Carne, granos, exportaciones. El modelo agroexportador la convirtió en una potencia. Pero también dejó instalada una pregunta que todavía no tiene respuesta clara: qué hacer con esa riqueza.

Porque el campo generó —y genera— divisas, desarrollo, tecnología, arraigo. Pero al mismo tiempo, desde otros sectores, esa misma capacidad fue vista como una renta a capturar, a redistribuir, a intervenir. Y ahí empieza a tomar forma otra de nuestras contradicciones más persistentes: el agro como solución y como problema al mismo tiempo.

Se lo necesita, pero se lo discute. Se lo impulsa, pero se lo grava. Se lo reconoce en el discurso, pero no siempre en la práctica. Y esa tensión, lejos de resolverse, se actualiza permanentemente en debates que todos conocemos: las semillas y la propiedad intelectual, el uso propio frente a la innovación, la tenencia de la tierra, el cuidado del ambiente, la deforestación, las retenciones, la presión fiscal. Ninguno de estos temas es solo técnico. Todos son, en el fondo, discusiones sobre poder, sobre modelo y sobre futuro. Y todos, sin excepción, terminan alimentando la misma dificultad: la Argentina no logra ordenar intereses ni construir reglas claras que se sostengan en el tiempo.

En ese contexto, hablar de la “grieta” como si fuera algo nuevo es, en el mejor de los casos, una simplificación. Es cierto que en los últimos años tomó forma más visible, sobre todo desde el conflicto con el campo en 2008, donde la división se volvió más emocional, más visceral. Pero esa lógica de “nosotros contra ellos” tiene raíces más profundas. Se consolidó con el peronismo y el antiperonismo, cuando la discusión dejó de ser solo sobre políticas y pasó a ser sobre identidades. Sobre quién representa al pueblo, quién tiene legitimidad, quién encarna el país.

Y ahí la grieta deja de ser solo ideológica para volverse algo más complejo: una forma de pertenencia.

Ahora bien, detrás de esa división política hay algo todavía más profundo, y muchas veces menos visible: una estructura económica en tensión permanente. La Argentina convive desde hace décadas con dos modelos que nunca terminaron de integrarse. Por un lado, un esquema agroexportador eficiente, generador de dólares. Por otro, una estructura industrial orientada al mercado interno, que necesita esos dólares para funcionar.

Cuando los dólares faltan —y faltan seguido—, aparece el conflicto. Entre sectores, entre regiones, entre visiones del país. Y así, la grieta política empieza a reflejar, en realidad, una grieta económica no resuelta.

La política, lejos de ordenar esa tensión, muchas veces la profundizó. Y así aparece el famoso péndulo argentino: un modelo reemplaza al otro sin síntesis posible. Cuando se prioriza el orden macroeconómico, se enfría la actividad. Cuando se impulsa el consumo, se tensiona el frente externo. Y así, una y otra vez, sin lograr continuidad.

En ese marco, el conflicto por la Resolución 125 no fue una excepción, sino una confirmación. No se discutía solo un esquema de retenciones. Se discutía el modelo de país. Producción o distribución, interior o centralismo, Estado o mercado. Todo al mismo tiempo.

Y eso vuelve a poner en evidencia una de las contradicciones más profundas que tenemos: Argentina tiene todo para ser una potencia agroindustrial —alimentos, tecnología, conocimiento, energía—, pero no termina de reconocerse como tal.

Y cuando un país no reconoce lo que es, difícilmente pueda construir sobre eso.

Esa falta de reconocimiento impacta directamente en el presente y en el futuro. Incluso en sectores donde la Argentina tiene una ventaja clara, como la AgTech, donde se combinan campo y tecnología con un potencial enorme. Sin embargo, los propios protagonistas lo dicen: el problema no es técnico. Es macroeconómico, es político, es estructural. Es la falta de previsibilidad, de reglas claras, de estabilidad.

En definitiva, el problema no es lo que el país puede hacer. Es lo que el país no logra ordenar.

Si uno mira todo el recorrido, el patrón se repite con demasiada claridad: disputa por la renta, desconfianza entre sectores, falta de acuerdos duraderos, incapacidad de integrar modelos. Y en el medio de todo eso, el campo. Siempre presente, siempre necesario, siempre discutido.

La grieta, entonces, no es el problema de fondo. Es la consecuencia.

La verdadera discusión es otra. Es si alguna vez vamos a poder construir acuerdos básicos sobre cómo crecer, cómo producir, cómo distribuir, cómo integrar lo que somos con lo que queremos ser.

Porque Argentina no está frenada por falta de recursos. Está frenada porque no logra ponerse de acuerdo sobre qué hacer con ellos.

Y mientras eso no cambie, la historia —con otros nombres, con otros protagonistas— va a seguir repitiéndose.

La pregunta final no es de dónde viene la grieta. Eso ya lo sabemos.

La pregunta es si estamos dispuestos a seguir viviendo dentro de ella… o si alguna vez vamos a animarnos a cruzarla.

Por Horacio Esteban Director Portal Agropecuario.