6 de marzo de 2026

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Jorge Dillon: “La confianza sanitaria abre mercados, pero también los puede cerrar en un minuto”

CABA, Jorge Horacio Dillon, Presidente, retrato en su despacho.


Con casi cinco décadas dedicadas a la sanidad animal, el ex presidente del Senasa repasó su trayectoria y analizó los desafíos que enfrenta la ganadería argentina: la fiebre aftosa, la trazabilidad, la genética y la necesidad de reglas claras para recuperar competitividad y crecimiento productivo.

Hablar de sanidad animal en la Argentina es, inevitablemente, hablar de competitividad, de mercados internacionales y de confianza. Detrás de cada embarque de carne que sale hacia el mundo existe un sistema sanitario que funciona —o que debe funcionar— con precisión, coordinación y credibilidad. En ese entramado se construye la imagen del país frente a los compradores internacionales, un capital que lleva años consolidar pero que puede perderse en muy poco tiempo si el sistema falla.

Con esa mirada analiza la realidad del sector el médico veterinario Jorge Dillon, una de las voces más experimentadas del sistema sanitario argentino. A lo largo de casi 50 años de profesión ocupó distintos lugares dentro del sector público y privado, con responsabilidades que lo llevaron a desempeñarse como director nacional de Sanidad Animal, subsecretario de Ganadería y presidente del Senasa, además de haber trabajado en el INTA, en la Secretaría de Agricultura y en la Facultad de Veterinaria.

Sin embargo, cuando se le pide que se defina, Dillon no recurre a los cargos ni al currículum. Prefiere resumir su historia profesional con una mirada más simple y directa.

“Soy un médico veterinario que transitó gran parte de sus 50 años de profesión en la administración pública. Me siento un feliz y orgulloso servidor público”, explica.

Su recorrido comenzó en la actividad privada, pero con el tiempo se fue inclinando hacia la función pública, donde encontró el espacio para desarrollar una tarea que lo apasiona: fortalecer el sistema sanitario y acompañar el crecimiento de la producción ganadera. Desde distintos roles fue participando de la evolución de ese sistema, que en las últimas décadas debió adaptarse a nuevas exigencias sanitarias, tecnológicas y comerciales.

Dillon estudió en la Facultad de Veterinaria de La Plata, una institución a la que todavía recuerda con afecto. Este año, de hecho, volverá a reunirse con sus compañeros de promoción para celebrar los 50 años de egresados, un encuentro que también refleja el paso del tiempo y la trayectoria de una generación de profesionales vinculados al desarrollo sanitario del país.

Pero más allá de la historia personal, la conversación inevitablemente gira hacia uno de los temas que mejor conoce: el rol de la sanidad animal dentro del sistema ganadero. Para Dillon, la sanidad no es un aspecto secundario de la producción, sino uno de sus pilares fundamentales.

“La ganadería tiene tres pilares básicos: alimentación, genética y sanidad. Todo eso está vinculado al manejo del establecimiento, pero la sanidad animal es un pilar fundamental”, explica.

En un país como la Argentina, que produce más carne de la que consume y necesita exportar para sostener su sistema productivo, ese pilar adquiere una dimensión estratégica. La posibilidad de vender carne al mundo depende, en gran medida, de la confianza que generan los sistemas sanitarios nacionales.

“Los países compran confiando en los sistemas sanitarios. Confían no solamente en la autoridad sanitaria, sino en todos los actores del sistema”, señala.

Esa confianza, advierte, es extremadamente frágil.

“La confianza abre mercados, los mantiene, pero también los puede cerrar en un minuto si aparece la desconfianza”.

Para entender cómo funciona ese mecanismo, Dillon explica que cuando un país analiza importar productos pecuarios evalúa varios factores. El primero es el riesgo sanitario del país de origen, es decir, qué enfermedades circulan y cómo se controlan. Luego analiza el riesgo del producto en sí mismo —porque no es lo mismo importar animales vivos, semen, embriones o carne— y finalmente observa el destino que tendrá esa mercancía dentro del territorio.

En definitiva, cada país observa con atención el funcionamiento del sistema sanitario de sus socios comerciales.

“Cuando nosotros importamos hacemos exactamente lo mismo. Nos fijamos en el riesgo país, en el riesgo del producto y en el destino que va a tener”, explica.

En ese contexto, el rol del Estado aparece como una pieza clave del sistema. El comercio mundial se rige por normas establecidas en organismos como la Organización Mundial de Sanidad Animal y la Organización Mundial del Comercio, donde los países fijan estándares sanitarios comunes. Luego cada país debe incorporar esas normas a su propia legislación y garantizar su cumplimiento.

“Todo lo que acordamos con los países miembros después hay que cumplirlo. El Estado tiene que internalizar esas normas para que el país sea confiable para exportar”, señala. Pero al mismo tiempo Dillon insiste en que la sanidad animal no es una responsabilidad exclusiva del Estado. El funcionamiento del sistema depende de la articulación entre lo público y lo privado. “Estoy convencido de que la mejor manera de trabajar es en consenso, coordinando y complementando las actividades entre el sector público y el privado”, afirma.

Esa convicción también surge de la experiencia acumulada durante décadas. Dillon recuerda especialmente uno de los momentos más difíciles que atravesó el país en materia sanitaria: la crisis de fiebre aftosa del año 2001. Para él, aquel episodio marcó un antes y un después en la credibilidad internacional de la Argentina.

“Fue la peor decisión política y sanitaria que viví en mis 50 años de profesión. Fue una catástrofe”, afirma.

El problema no fue solamente la aparición de la enfermedad, sino la forma en que se manejó la información durante los meses previos. “Intentamos esconder el sol con la mano desde agosto del 2000 hasta marzo del 2001. Cuando ya había más de 2.100 focos no quedó otra que notificar al mundo”, recuerda.

Las consecuencias fueron profundas. Durante años Argentina tuvo que trabajar para recuperar la confianza perdida en los mercados internacionales. “En muchas reuniones internacionales me decían: ‘Ustedes mintieron en 2001’. Ese estigma me acompañó durante toda mi carrera pública”, cuenta.

El debate sobre la fiebre aftosa sigue presente hasta hoy. Argentina mantiene zonas libres con vacunación y otras sin vacunación, mientras que la enfermedad continúa circulando en buena parte del mundo. Ante la pregunta sobre si el país debería avanzar hacia un esquema sin vacunación, Dillon prefiere evitar respuestas simples. “No es una decisión fácil. Tiene que tomarse entre todos los actores del sistema: productores, Estado, frigoríficos, veterinarios, consignatarios”, explica.

Además, advierte que el sistema sanitario debe estar preparado para responder rápidamente ante cualquier eventual reintroducción de la enfermedad. El caso de Brasil suele citarse como ejemplo en este debate, pero Dillon recuerda que ese país tardó casi diez años en preparar las condiciones antes de dejar de vacunar.

Durante ese tiempo se revisaron protocolos, se fortalecieron controles y se consolidaron herramientas clave para enfrentar una emergencia sanitaria. Se necesitan bancos de vacunas, fondos de emergencia, protocolos de acción rápida y coordinación entre distintos organismos. “Son muchísimas cosas las que hay que revisar antes de tomar una decisión de ese tipo”, explica.

En ese punto aparece una dificultad que Dillon observa con cierta preocupación: la dificultad que tiene la Argentina para sostener consensos a largo plazo. “A los argentinos nos cuesta muchísimo planificar y trabajar en consenso”, admite.

Sin embargo, sostiene que los países que lograron consolidar sistemas sanitarios fuertes lo hicieron justamente a partir de acuerdos sostenidos durante muchos años. Recuerda el caso de Australia y Nueva Zelanda, donde el control de enfermedades complejas fue posible gracias a políticas sanitarias continuas y al compromiso de todo el sistema productivo. “Hoy uno mira esos países y dice: tráeme lo que quieras que confío en vos”.

La conversación deriva entonces hacia otro tema que también genera debates dentro del sector ganadero: la trazabilidad animal. Dillon participó directamente en ese proceso cuando, en 2006, impulsó la identificación alfanumérica obligatoria del ganado. “Fue traumático al principio, hubo resistencias, pero con el tiempo los productores lo fueron aceptando”, recuerda. Hoy el sistema evoluciona hacia la identificación electrónica, una herramienta que considera fundamental para mejorar la gestión sanitaria.

“La identificación electrónica resuelve un problema que teníamos antes, que eran los errores de lectura y de transcripción de datos”, explica.

Además, abre la puerta a una nueva etapa en la gestión productiva. “Hoy se pueden colectar muchísimos datos alrededor de cada animal. Eso mejora la gestión y aumenta la transparencia”.

La incorporación de tecnología ha transformado profundamente el sistema sanitario argentino. Dillon recuerda que cuando asumió como director nacional de Sanidad Animal, en 2005, insistía en la necesidad de incorporar herramientas informáticas. “Les decía que usaran Word y Excel y muchos me miraban raro”, recuerda entre sonrisas.

Con el tiempo llegaron sistemas como el SIGSA, el DTE y la autogestión digital, que hoy forman parte del funcionamiento cotidiano del sector. “El mundo va hacia sistemas de información cada vez más complejos y eso va a seguir avanzando”, afirma.

En ese contexto también surge una discusión frecuente dentro del sector: el rol de los pequeños productores dentro del sistema exportador. Dillon propone cambiar la perspectiva. “Los pequeños productores no exportan. Exporta el país”, explica. Pero eso no significa que queden fuera del sistema productivo. “El productor que tiene pocas vacas también contribuye al volumen total de carne que produce la Argentina”. Por eso considera que las exportaciones benefician a toda la cadena.

“Si el país no exportara, sobraría carne y el precio interno sería mucho más bajo. Eso afectaría seriamente la renta de todos los productores”.

Cuando se habla de genética bovina, el tono de Dillon se vuelve claramente optimista. Considera que la Argentina atraviesa un momento muy destacado gracias al trabajo que vienen realizando las asociaciones de criadores. “La genética argentina está teniendo un momento espectacular”, afirma.

Las evaluaciones genéticas cada vez más precisas permiten mejorar la calidad de la carne, la eficiencia productiva y el rendimiento de los rodeos. “Se está avanzando muchísimo en marmoleo, en calidad del producto y en eficiencia”, explica.

Respecto al stock ganadero, reconoce que el país perdió millones de cabezas en años anteriores como consecuencia de malas políticas y de condiciones climáticas adversas. Sin embargo, cree que el sector puede recuperarse. “Si hay reglas claras y previsibilidad, la ganadería argentina puede volver a crecer”, sostiene. Pero para que eso ocurra se necesita algo que históricamente ha faltado durante demasiado tiempo.

“La ganadería necesita al menos diez años de reglas claras para invertir y crecer”.

Antes de terminar la charla, Dillon responde una última pregunta que trasciende lo sanitario y lo productivo: con qué sueña para el país. “Sueño con una Argentina espectacular, que logre consensos y entienda que todos tenemos que aportar algo para que el país crezca”.

Hoy continúa vinculado al sistema sanitario desde el Colegio Veterinario de la provincia de Buenos Aires, donde sigue colaborando para fortalecer la actividad. “Yo trato de hacer lo mío de la mejor manera posible. Me encantaría que muchos argentinos hagan lo mismo”.

Y antes de despedirse deja una última reflexión que resume su mirada sobre el potencial del país.

“Argentina fue el faro del mundo hace décadas. Yo sigo pensando que podemos volver a serlo”.