
Cuando los funcionarios eligen no dar explicaciones, no solo se debilita el periodismo: se debilita la democracia
Desde hace muchos años, con distintos gobiernos, se ha ido naturalizando en la Argentina una práctica preocupante: la ausencia de las conferencias de prensa en el sector agropecuario.
Pero el problema no es el periodismo. Nunca lo fue.
El eje de la discusión es otro: el funcionario público tiene la obligación de comunicar sus actos y rendir cuentas ante la sociedad. No ante los periodistas, sino ante la gente.
El periodismo es, en todo caso, un puente. Un canal. Un espacio que permite que la ciudadanía conozca qué hace el funcionario, cuáles son sus decisiones, sus proyectos, sus aciertos y también sus errores. Por eso, naturalizar el silencio del poder es, en sí mismo, un riesgo.
Porque cuando el funcionario deja de dar explicaciones, lo que se pone en juego no es una nota más o menos, sino la transparencia.
Los últimos años han sido una muestra clara de cómo el ejercicio del poder, muchas veces a espaldas del pueblo, puede derivar en enriquecimientos injustificados, en corrupción o en decisiones poco claras. Y lo más grave es que, en muchos casos, la sociedad ha terminado por naturalizarlo.
No porque no le importe. Sino porque hay urgencias más inmediatas: el trabajo, el ingreso, el día a día, ese “metro cuadrado” que define la vida cotidiana de millones de argentinos.
En ese contexto, el control social se debilita. Y el silencio se vuelve funcional.
En el sector agropecuario, esta situación se siente con crudeza. Durante años, periodistas del sector han sido ignorados por funcionarios, incluso en situaciones donde el diálogo era no solo necesario, sino imprescindible.
Las experiencias personales sobran, pero no se trata de individualizar. Se trata de entender un patrón que se repite: funcionarios que eligen con quién hablar, que priorizan medios afines o de mayor difusión, y que evitan el contacto abierto y plural.
Y ahí es donde la conferencia de prensa vuelve a ser central. Sobre todo para los medios mas pequeños, para los del interior profundo de la Argentina que todos los dias comunican desde su ciudades, sus pueblos que le está pasando al país en materia agrícola ganadera.
No como un acto protocolar, sino como un espacio democrático. Abierto. Con preguntas libres. Sin filtros. Donde el funcionario pueda explicar lo que hace, lo que proyecta, lo que funciona y lo que no.
Porque no alcanza con decir que se gestiona o que se es honesto. Hay que demostrarlo todos los días.
El funcionario público está al servicio de la sociedad. Y parte de ese servicio es rendir cuentas.
La historia argentina ya ha demostrado que el exceso de poder sin control trae consecuencias: corrupción, errores, intereses cruzados, favoritismos. Nada de eso le ha hecho bien al país.
Y no se trata de ideologías. No es un problema de un gobierno u otro. Es una conducta que se repite, más allá de los colores políticos.
Porque, en definitiva, lo más fácil es no dar explicaciones.
Por eso, hay una consigna que no debería perderse, que no debería cansarse, que no debería callarse:
Queremos preguntar¡¡¡.

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