16 de enero de 2026

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Cuando producir bien ya no alcanza: la fruticultura en su punto crítico

Desde Villa Regina, Laura Mihaljevic —ingeniera agrónoma y productora— cuenta cómo se sostiene una fruticultura intensiva, cara y sin una estrategia pública sostenida para vender mejor lo que Argentina produce.

En el Alto Valle de Río Negro, donde el río marca el pulso y la chacra obliga a mirar el cielo como quien lee señales, Laura Mihaljevic se define con una frase que resume pertenencia y oficio: “Soy una apasionada de las peras y las manzanas… y me gusta decir que soy una productora con título. No me gusta que me digan ingeniera”. Nació y se crió en la zona, se fue a estudiar Ingeniería Agronómica a Bahía Blanca y volvió. Y esa vuelta, que para muchos sería un gesto romántico, en la fruticultura tiene algo de obstinación lúcida.

Su historia familiar también explica el arraigo. De origen croata, con un padre inmigrante “con mucho empuje”, la familia inició un camino que no se vivió como obligación: “Él inició todo el circo. Nosotros como hijos elegimos continuar. Nunca fue una obligación… hemos acordado en familia continuar la actividad, tanto esta como la ganadera”.

Cuando se habla de “hacer fruticultura sin morir en el intento”, Mihaljevic no ofrece recetas mágicas. Se ríe de la pregunta porque la mastica a diario: “Yo me la pregunto a menudo: ¿cómo estoy sobreviviendo? ¿Qué receta estoy implementando para no cambiarla y seguir en el ruedo?”. Su respuesta baja a tierra y se vuelve método: cautela, reserva, reinversión, mercado, calle. “A mí lo que me ha funcionado es ser cautelosa, siempre tener una reserva, seguir metiendo en la chacra, leer el mercado, caminar, preguntar, no encerrarme… y también prepararme psicológicamente, porque esta es una actividad muy intensiva”.

No esquiva la crudeza. “Los límites son muy pequeños y no salimos en los números. Nosotros no salimos en la tele”, dice, y en esa frase mete una idea que atraviesa toda la conversación: la fruticultura como economía regional que produce alimento, empleo e identidad, pero suele quedar fuera del radar de las decisiones estratégicas. Para Mihaljevic, detrás de cada pera o manzana hay tiempo, inversión y paciencia: “Generamos alimento… vitaminas en su envase natural. Y atrás de cada fruta que producimos hay una historia. Tenemos 10 años para poder llegar a una plantita de manzana o de pera, o 3 o 4 para llevar una de carozo”.

La chacra, cuenta, está cerca del río Negro, “un río maravilloso”, y el fuerte productivo es claro: peras y manzanas, con “muy poco carozo”. En superficie, habla de “más o menos 40 o 50 hectáreas en producción”, y con predominio de la pera. También describe una estrategia comercial híbrida entre mercado interno y exportación, aunque el último ciclo la empujó a priorizar la salida externa: “Me puse como objetivo exportar la mayor cantidad posible, porque los mercados internos estaban abarrotados de fruta a precios aún menores que el año anterior”.

Ese giro tuvo números y motivos. Según detalla, los costos se dispararon y la mano de obra concentra gran parte del costo productivo: “Con un 300% de aumentos en los costos, sobre todo nuestra mano de obra… un 70% del costo productivo”. Y aclara un punto que, en su mirada, suele perderse en la discusión pública: “No es el salario que recibe el trabajador. Es el resto… impositivo y demás”.

Exportar, entonces, no fue una fiesta: “Hemos exportado casi el 80% de la producción a precios que no eran excelentes, pero por lo menos se iba en cantidad”. La lógica de la fruta perecedera impone urgencias que no esperan debates: “La pera y la manzana son alimentos perecederos y tenemos un tiempo límite para venderlos en el mercado interno. “ El año pasado fue desastroso”. Incluso cuando los valores repuntan sobre el final, el daño ya quedó impreso en todo el ciclo.

La comparación regional aparece sola, como un espejo incómodo. Mihaljevic pone el foco donde cree que duele: el déficit de estrategia pública comercial. “Acá todo lo que hacemos es a pulmón, es por parte del privado. Nosotros investigamos, buscamos negocio, buscamos comercio, nos movemos”. Y contrapone el modelo que observa afuera: “Los chilenos quieren vender palta y se recorren todo el mundo… hay un chileno en cada país… Los chinos pasa lo mismo”. En cambio, del lado argentino, describe un retroceso: “Hace años atrás había misiones comerciales, estrategias, convenios… hoy eso se fue perdiendo. No hay una estrategia de comercialización”.

Para explicar esa falta, baja a una metáfora simple, doméstica, que vuelve entendible la macro: “Usted se dedica a tejer crochet y nadie se lo compra, se le va a llenar la casa de tejidos… Esto es lo mismo, con la diferencia de que producimos alimentos perecederos”. Y vuelve al núcleo de su reclamo: vender mejor lo producido, con información, inteligencia comercial y respaldo institucional.

La conversación también roza el cambio de paisaje en la provincia, con tensiones por el avance de otras actividades y el uso de suelo. Mihaljevic lo plantea sin vueltas: “Estamos dejando tierras productivas a la mano de Dios , sin ningún tipo de proyecto futuro, o peor aún… para procesos irrevocables, o peor aún, para viviendas”. Y remarca que alternativas hay, si hubiera planificación: “Tenemos hectáreas para hacer vivienda con buena ingeniería”.

En tecnología, admite distancia. Cuenta que visitó la Macfrut en Italia, en Rímini, para mirar dónde está parada la actividad: “Estamos a años luz… por supuesto que la fruticultura tiene muchas caras… que 2 o 3 integrantes estén a la altura de la tecnología europea no quiere decir que el resto lo esté”. Pero cuando se habla de calidad, cambia el tono y aparece el orgullo productivo: “Creo que somos los mejores productores del mundo. Lo que hacemos, lo hacemos bien… Este año tenemos una pera hermosa”. El problema, insiste, no es producir: “Estamos solos… el problema nuestro es la falta de acompañamiento”.

En ese mapa de dificultades también entran los costos estructurales. Mihaljevic enumera carga laboral e impositiva y apunta a un factor cotidiano que en el valle se siente como un castigo: la energía. “La corriente eléctrica es carísima… es dos veces más cara que Neuquén y tres veces más cara que en Buenos Aires”. Y suma un detalle que pinta la escena sin necesidad de subrayados: un ventarrón corta la luz, el frigorífico queda vulnerable, y aun así hay que seguir. “Seguimos laburando… mire qué empeño que le ponemos los productores en el agro”.

La ganadería aparece en la vida productiva de la familia como una segunda pata, ubicada en el Valle Medio, bajo un esquema de pastoreo extensivo en campo de monte. No es presentada como un refugio ideal ni como una salida fácil, sino como una actividad distinta en su dinámica cotidiana: menos intensiva en mano de obra, con ritmos más largos y con una exigencia permanente de paciencia. Los años de sequía también golpean, y obligan a ajustar cargas, manejar recursos forrajeros con cautela y aceptar que los resultados no son inmediatos.

Ese contraste con la fruticultura intensiva sirve, además, para poner en contexto uno de los debates más recurrentes en la agenda pública: el precio de la carne. Desde la mirada productiva, Mihaljevic insiste en volver al origen del proceso. Para que un kilo de carne llegue al mostrador, el productor atraviesa ciclos largos que pueden extenderse tres años o más, según el sistema. Desde la cría de la vaquillona, la preñez, la parición, el destete y la recría, hasta el engorde final, cada etapa implica inversión, riesgo climático, costos sanitarios y financieros, y una inmovilización de capital que se prolonga en el tiempo.

En ese recorrido, explica, el productor no solo apuesta dinero sino también trabajo, infraestructura y años de espera sin garantías. Por eso, cuando el debate público se reduce únicamente al precio final que paga el consumidor, se pierde de vista la dimensión completa del proceso productivo. La carne no es un resultado inmediato ni una mercancía que se fabrica en semanas: es el producto de un sistema biológico largo, expuesto a sequías, variaciones de mercado y reglas de juego cambiantes.

Desde esa perspectiva, la discusión sobre el valor del kilo de carne debería incorporar una mirada más amplia. El productor no busca privilegios, sino recuperar lo invertido a lo largo de varios años para poder seguir produciendo. En un contexto donde la presión impositiva, los costos operativos y la incertidumbre son constantes, la ganadería, al igual que la fruticultura, vuelve a plantear la misma pregunta de fondo: cómo sostener actividades esenciales sin desconocer el tiempo, el esfuerzo y el capital que demandan.

Sobre el final, aparece una pregunta que no es técnica y, sin embargo, dice mucho. Mihaljevic sueña con subir el Aconcagua, pero también con algo más cercano y más colectivo: que el valle no pierda su identidad productiva. “Me encantaría que se dejen de perder hectáreas productivas… sueño con agarrar la Ruta 22 y seguir viendo fruticultura, que esto no se extinga”. No lo plantea como mandato generacional, sino como paisaje que no debería borrarse: “Que el Valle de Río Negro siga siendo el hermoso valle que fue hace unos 40 años atrás”.

Y en medio de la crisis, deja otro dato que explica por qué la fruticultura no es solo una actividad privada: es un motor social que mueve trabajo y circulación de ingresos más allá de la provincia. “Nosotros movilizamos gente de otras provincias… llega muchísima gente de Tucumán… es un pueblo entero el que viene al valle a trabajar 3 meses para vivir después todo el años en Tucumán”. Para Mihaljevic, esa trama humana también debería pesar cuando se decide qué se acompaña y qué se deja caer.