
CONINAGRO cumple siete décadas representando una de las expresiones más arraigadas del campo argentino: la del productor que trabaja, invierte y arriesga individualmente, pero que encontró en la cooperación con otros una herramienta para crecer, defender su producción y permanecer en su lugar de origen. Su historia recorre prácticamente todo el mapa productivo nacional y permite volver a discutir una idea que conserva plena vigencia: el cooperativismo puede ser parte de la respuesta a los desafíos actuales del agro, siempre que sea capaz de modernizarse sin perder aquello que le dio origen.
Cumplir 70 años para una institución agropecuaria argentina no significa solamente alcanzar una fecha redonda. Supone haber atravesado buena parte de la historia reciente del país, con sus períodos de crecimiento y sus crisis, con cambios de políticas, transformaciones tecnológicas, modificaciones profundas en los mercados y hasta nuevas formas de producir. En ese recorrido, la Confederación Intercooperativa Agropecuaria Limitada, CONINAGRO, logró mantener algo que probablemente explique buena parte de su permanencia: su vinculación con productores y cooperativas que tienen los pies puestos en territorios muy diferentes de la Argentina.
Esa raíz territorial permite entender lo que representa la entidad. Cuando se habla de CONINAGRO no se está hablando exclusivamente de la agricultura de la región pampeana ni de las grandes producciones que habitualmente dominan la agenda agropecuaria. Naturalmente están la soja, el maíz, el trigo y el girasol, como también están la ganadería bovina y la producción lechera, pero detrás de esa primera fotografía aparece una Argentina productiva mucho más amplia, diversa y, en ocasiones, bastante menos visible.
El cooperativismo representado por CONINAGRO también está presente en la producción porcina, aviar y ovina; atraviesa los viñedos y la elaboración de vinos y mostos de Cuyo; llega a los yerbales de Misiones y Corrientes y a los arrozales del Litoral; se encuentra en las zonas tabacaleras del NOA y el NEA, en la mandioca, el algodón y los cítricos, y continúa hacia las producciones de peras y manzanas de los valles patagónicos. También tiene expresión en el maní del centro del país, en las papas, las hortalizas y en la actividad forestal. Son producciones distintas, con escalas, mercados, ciclos y problemas propios, pero todas forman parte de ese enorme entramado que explica por qué el cooperativismo agropecuario no puede analizarse solamente desde Buenos Aires o desde la zona núcleo.
Detrás de cada una de esas actividades hay algo todavía más importante que una estadística productiva: hay personas. Está el productor que prepara un lote y espera meses para saber cuál será finalmente el resultado de su cosecha; el ganadero que toma decisiones cuyos resultados se medirán años después; el tambero que no conoce domingos ni feriados; el vitivinicultor, el yerbatero, el arrocero, el fruticultor, el horticultor o el forestador que dependen de cadenas productivas complejas y que muchas veces se encuentran a cientos o miles de kilómetros de los grandes centros de consumo y de los puertos.
Allí aparece la verdadera razón de ser del cooperativismo. No nació como una construcción teórica ni como una consigna. Surgió porque muchos productores comprendieron que había cosas que resultaban extremadamente difíciles de hacer en soledad. Comprar mejor, almacenar la producción, industrializarla, conseguir financiamiento, transportar, comercializar y acceder a mercados exigían una escala que individualmente muchos no tenían. La respuesta fue sencilla en su concepción, aunque enorme en sus consecuencias: asociarse sin dejar de ser productores independientes.
Ese modelo dejó huellas profundas en numerosos pueblos del interior. Una cooperativa nunca fue solamente el lugar donde entregar el cereal, vender la producción o comprar insumos. Alrededor de muchas de ellas crecieron plantas industriales, centros de acopio, servicios, empleos, transportistas, comercios y profesionales. En algunas localidades, la suerte de la cooperativa terminó inevitablemente ligada a la suerte de la comunidad. Esa capacidad de generar arraigo probablemente sea uno de los aportes menos cuantificados y, al mismo tiempo, más importantes del movimiento cooperativo argentino.
Por eso, al cumplirse 70 años de CONINAGRO, el homenaje a quienes construyeron esa historia debería convivir con una pregunta sobre el futuro. El campo que viene será mucho más tecnológico, integrado y competitivo, y posiblemente obligará a revisar algunas de las estructuras con las que se trabajó durante décadas. En ese escenario, volver a hablar de cooperativismo no debería interpretarse como una mirada nostálgica hacia el pasado. Por el contrario, puede ser una discusión profundamente moderna.
La salida no pasa por reproducir exactamente las cooperativas de hace cincuenta o setenta años. El desafío es construir cooperativas capaces de responder a los productores de este tiempo, incorporando tecnología, digitalización, inteligencia artificial, agricultura de precisión, trazabilidad, información económica en tiempo real, nuevas herramientas financieras y mejores sistemas de comercialización. También deberán ser capaces de agregar valor, desarrollar proyectos de bioeconomía, integrarse a cadenas exportadoras y utilizar la escala colectiva para acceder a oportunidades que pueden resultar inaccesibles para un productor individual.
Y probablemente allí se encuentre uno de los grandes valores que el cooperativismo puede recuperar. En una actividad donde la escala económica y tecnológica tiene cada vez mayor peso, asociarse puede permitir que pequeños y medianos productores ganen capacidad de negociación sin perder su identidad ni la propiedad de sus establecimientos. La escala no necesariamente tiene que medirse únicamente en hectáreas. También puede construirse juntando capacidad de compra, volumen de venta, infraestructura, conocimiento, tecnología y acceso a mercados.
Para que eso ocurra habrá que modernizar mucho más que las herramientas. Las nuevas generaciones necesitan encontrar en las cooperativas instituciones ágiles, transparentes, profesionales y abiertas a la innovación. Difícilmente un joven se incorpore solamente porque allí participaron su padre o su abuelo. Tendrá que comprobar que asociarse le permite producir mejor, acceder a tecnología, desarrollar nuevos negocios y competir en mercados que individualmente quedarían fuera de su alcance. Ese es probablemente uno de los desafíos centrales para los próximos años: conservar los principios cooperativos sin convertirlos en una pieza de museo.
Los 70 años de CONINAGRO permiten entonces homenajear una historia, pero también recuperar una idea. Durante generaciones hubo productores argentinos que entendieron que podían seguir siendo dueños de su tierra, responsables de sus decisiones y protagonistas de sus empresas mientras construían herramientas comunes con sus vecinos. Gracias a esa concepción se levantaron cooperativas, plantas de acopio, industrias, bodegas, establecimientos lácteos, sistemas de comercialización y estructuras que todavía hoy forman parte del paisaje económico y social de muchas regiones.
Por eso este aniversario pertenece a CONINAGRO, pero también pertenece al hombre y a la mujer de campo. A quienes sembraron, criaron animales, ordeñaron, cosecharon uvas, recolectaron yerba mate, produjeron arroz, algodón, frutas, hortalizas y tantas otras producciones que hacen posible que exista una Argentina agropecuaria mucho más diversa de lo que muchas veces alcanzamos a mostrar.
Setenta años después, aquella idea de unir esfuerzos sigue teniendo sentido. Lo que necesita actualizarse son las herramientas, las estructuras y la manera de relacionarse con un mundo que cambió profundamente. El cooperativismo que viene deberá ser tecnológico, profesional, competitivo y capaz de insertarse en los mercados globales, pero tendrá que conservar aquello que explica su existencia: productores que deciden trabajar juntos para conseguir lo que separados difícilmente podrían alcanzar.
Ese quizás sea el mejor homenaje que pueda hacerse en estos 70 años: reconocer a quienes construyeron el camino y, al mismo tiempo, entender que el cooperativismo no tiene por qué ser solamente una gran historia del campo argentino. Bien entendido, modernizado y puesto al servicio de quienes producen, todavía puede ser una parte importante de su futuro.

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