7 de abril de 2026

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Buscando al rodeo bovino

Argentina, históricamente identificada como uno de los grandes países ganaderos del mundo, atraviesa en silencio un proceso que preocupa tanto al productor como a toda la cadena: la caída sostenida del stock bovino. No es un dato menor. Solo en 2025 se perdieron más de 700.000 cabezas, y si se amplía la mirada entre 2022 y 2025, la reducción alcanza los 3.300.000 animales. En otras palabras, cada vez cuesta más encontrar ese rodeo que supo ser emblema productivo, económico y cultural.

La pregunta es inevitable: ¿qué pasó con el ganado argentino?

La respuesta no es única ni lineal. Es el resultado de una combinación de factores que, lejos de resolverse, se han ido superponiendo en el tiempo. La producción ganadera, a diferencia de otras actividades, tiene una particularidad central: es un proceso biológico que no admite improvisaciones. Desde que una vaca se preña hasta que ese animal llega al mercado pueden pasar entre 32 y 36 meses. Tres años. Tres años en los que todo puede cambiar.

Y en Argentina, cambia.

El clima ha sido uno de los grandes protagonistas de este deterioro. Sequías históricas seguidas por lluvias intensas e inundaciones han golpeado de lleno a los sistemas productivos. Regiones enteras vieron deteriorarse sus campos, perder condición corporal en los animales y, en muchos casos, liquidar stock para sobrevivir. La producción a cielo abierto no tiene red de contención: depende del cielo, de la tierra y de decisiones que muchas veces exceden al productor.

Pero el clima no explica todo.

Las políticas públicas, o mejor dicho su falta de continuidad, han jugado un rol determinante. Durante años, la ganadería argentina convivió con intervenciones que generaron incertidumbre permanente. Desde restricciones a las exportaciones hasta tipos de cambio distorsivos, como los que se registraron durante la gestión de Alberto Fernández, donde el desfasaje cambiario terminó impactando tanto como los propios derechos de exportación.

A esto se sumaron medidas de alto impacto simbólico y económico, como la prohibición de exportar determinados cortes populares, bajo la premisa de “cuidar la mesa de los argentinos”. Sin embargo, la evidencia demuestra que cerrar exportaciones no resuelve los problemas estructurales del consumo interno, y en muchos casos termina agravando la situación productiva.

Porque ningún país puede sostener su desarrollo aislándose del mundo.

Argentina destina la mayor parte de su producción de carne al mercado interno, pero también es un actor relevante en el comercio internacional. En los últimos años, mercados como China han sido clave, impulsados por el crecimiento de su clase media y su demanda sostenida de proteínas. A esto se suman destinos como Estados Unidos y la Unión Europea, entre otros que consolidan a la carne argentina como un producto global.

El problema aparece cuando la política intenta forzar una falsa dicotomía entre exportar o abastecer el mercado interno. La historia reciente demuestra que esa tensión no solo es artificial, sino también contraproducente.

En contraposición, el actual gobierno ha introducido señales distintas, orientadas a la apertura y a la previsibilidad, manteniendo las exportaciones sin restricciones y promoviendo mayor libertad para el sector. Son pasos en la dirección correcta, pero insuficientes si no se consolidan en el tiempo.

Porque el verdadero problema de la ganadería argentina no es solo económico, es estructural: la incertidumbre.

¿Cómo planificar una inversión a tres años si las reglas pueden cambiar en tres meses?

Esa es la pregunta que hoy atraviesa al productor. No se trata de pedir subsidios ni beneficios extraordinarios. El reclamo es más básico y, al mismo tiempo, más profundo: reglas claras, estables y duraderas. Políticas públicas que no cambien con cada gobierno, que trasciendan ideologías y coyunturas.

Mientras tanto, la caída del stock ya empieza a mostrar sus efectos. Menos animales implican, inevitablemente, menor oferta. Y eso abre un nuevo escenario: un proceso de retención de vientres que podría extenderse por al menos tres años, con impacto directo en el abastecimiento y en los precios.

A esto se suman otros debates que, aunque importantes, parecen desordenados en el tiempo. Discusiones sobre la vacunación contra la fiebre aftosa, sobre el rol de las fundaciones en las campañas sanitarias o sobre quién debe ejecutar esos procesos, se instalan muchas veces sin un marco estratégico integral. Se discuten las partes, pero no el todo.

Y en paralelo, persisten factores que también inciden, como la presión impositiva, la permanencia —aunque reducida— de retenciones a la carne y lo que representó el avance de la agricultura sobre zonas históricamente ganaderas. Este corrimiento de la frontera productiva redefinió territorios, desplazó sistemas y obligó a reinventar modelos.

Sin embargo, el productor argentino ha demostrado una capacidad de adaptación notable. El crecimiento de la ganadería en regiones como el litoral, con razas y cruzamientos como Braford, Brangus o Brahman, es prueba de ello. Cuando hay condiciones, el sector responde.

El problema es cuando esas condiciones no existen o cambian constantemente.

Argentina tiene todo para ser un proveedor confiable de alimentos en un mundo que los demanda cada vez más. Tiene recursos naturales, conocimiento, genética, tecnología y productores comprometidos. Pero carece de algo esencial: previsibilidad.

Y sin previsibilidad, no rodeo que alcance.

Buscar el ganado bovino hoy es, en cierto modo, buscar también el rumbo. Porque detrás de cada vaca que falta no hay solo un número. Hay decisiones postergadas, oportunidades perdidas y una señal clara de que, sin políticas públicas coherentes y sostenidas en el tiempo, la historia tiende a repetirse.

La ganadería argentina no necesita milagros. Necesita tiempo, reglas claras y un horizonte que no cambie cada vez que cambia el viento político. Solo así, tal vez, dejemos de buscar el rodeo para volver a encontrarlo.