
Con un complejo que ya supera los US$ 3.000 millones y proyección de fuerte crecimiento, referentes advierten que la carga impositiva limita el potencial productivo, tecnológico y territorial del cultivo.
El girasol vuelve al centro de la escena productiva con un planteo claro: ser reconocido como economía regional y eliminar las retenciones a las exportaciones. La propuesta no es menor. Detrás hay un complejo que ya genera más de US$ 3.000 millones y que, según los propios actores del sector, podría duplicar ese volumen si se modifica el esquema impositivo.
El planteo fue expuesto con contundencia por Jorge Ingaramo, presidente del VIII Congreso Argentino de Girasol de ASAGIR, quien fijó el objetivo de crecimiento. La meta es pasar de los actuales US$ 2.400 millones a US$ 4.800 millones, principalmente impulsados por el aceite de girasol, el producto de mayor valor agregado dentro de la cadena.
En ese marco, el eje del reclamo apunta a un cambio estructural: que el girasol sea tratado como economía regional, lo que implicaría una alícuota de retenciones del 0%. Según Ingaramo, el impacto fiscal de mantener el esquema actual es marginal en comparación con el potencial que se resigna. La recaudación por derechos de exportación del cultivo representó apenas el 2% del total, con unos US$ 90 millones el último año.
Desde la Bolsa de Cereales de Buenos Aires, Ramiro Costa reforzó la idea de que una reducción impositiva tendría efectos inmediatos en la producción. Un esquema sin retenciones permitiría acelerar la expansión del cultivo, elevar la inversión en tecnología y modificar la dinámica productiva, llevando la tasa de crecimiento anual del 6% actual a niveles cercanos al 20%.
El contexto internacional también juega a favor. La demanda global de aceites vegetales continúa en expansión y el girasol aparece como uno de los grandes beneficiados. Las proyecciones indican que el aceite de girasol crecerá un 26%, por encima del promedio del resto de los aceites, que se ubica en torno al 20%. En ese escenario, Argentina tiene margen para capturar mayor participación.
Los números del sector respaldan este diagnóstico. Emilce Terre, de la Bolsa de Comercio de Rosario, anticipó que la campaña 2025/26 será la más importante del siglo en términos productivos y comerciales. Se proyecta un volumen récord de exportaciones, con 1,1 millón de toneladas de semilla, cerca de dos millones de toneladas de aceite y 1,9 millones de toneladas de pellets.
En términos de divisas, el complejo superaría los US$ 3.000 millones. De ese total, aproximadamente US$ 500 millones provendrían de la exportación de semillas, casi US$ 2.500 millones del aceite y unos US$ 260 millones de pellets y harina.
Pero el debate no se agota en la exportación primaria. Federico Albrecht, de la Bolsa de Comercio de Santa Fe, puso el foco en el impacto del agregado de valor. Transformar el grano en expeller, aceite o incluso en proteína animal implica un efecto multiplicador en la economía real. Se trata de un esquema que no solo incrementa ingresos, sino que también impulsa el desarrollo territorial, genera empleo y fortalece las cadenas productivas locales.
El buen momento del cultivo también se refleja en el comportamiento productivo. Matías Amorosi, de AZ Group, describió un escenario con demanda sostenida, oferta ajustada y precios favorables. En ese contexto, el girasol gana terreno frente a otros cultivos, impulsado por mejores márgenes y por una cadena de valor que muestra mayor integración.
Con estos elementos sobre la mesa, el sector avanza con un mensaje unificado: el girasol tiene condiciones para convertirse en un motor estratégico de las economías regionales. Pero para eso necesita un cambio de reglas. La eliminación de retenciones aparece como el punto de partida para acelerar inversiones, ampliar la superficie sembrada y potenciar un complejo que ya muestra signos claros de expansión.

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