
Con un consumo que ya ronda los 430 huevos por habitante al año, una producción estimada en más de 20.300 millones de unidades y niveles de eficiencia que ubican a la Argentina por encima del promedio mundial, la actividad avícola consolida una etapa de fuerte expansión. Javier Prida, presidente ejecutivo de CAPIA, repasó los avances del sector, los desafíos que siguen pendientes y la expectativa de que el consumo continúe creciendo.
El huevo logró en la Argentina algo que no siempre ocurre con los alimentos de consumo masivo: volver a ganar prestigio social después de haber cargado durante años con prejuicios y advertencias que lo alejaban de muchas mesas. Javier Prida, presidente ejecutivo de CAPIA, sostiene que esa recuperación no fue producto del azar ni de una simple mejora comercial, sino el resultado de un trabajo largo, sostenido y muy enfocado en cambiar la percepción del consumidor. Según explicó, ese proceso comenzó a consolidarse entre 2005 y 2006, cuando el sector puso en marcha una campaña de desmitificación junto a médicos, pediatras, nutricionistas y cardiólogos, que ayudaron a desmontar la idea de que el huevo era perjudicial para la salud por su relación con el colesterol.
Ese cambio cultural fue clave para que el producto recuperara centralidad en la alimentación cotidiana. Hoy el huevo aparece como una proteína accesible, versátil y económica, pero además suma otro argumento que gana peso en el escenario actual: su perfil ambiental. Prida remarcó que ¿cadena productiva.
Los números acompañan esa transformación. La producción argentina se encamina este año a unas 20.300 millones de unidades, con un rodeo productivo cercano a 67,2 millones de gallinas, mientras que el consumo interno ya se ubica en torno de 428 a 430 huevos por habitante. En paralelo, la productividad también muestra un desempeño destacado: mientras el promedio mundial ronda entre 270 y 280 huevos por ave, en la Argentina los sistemas más básicos ya se mueven por encima de 300, y los más tecnificados alcanzan entre 310 y 320 huevos por gallina. Para Prida, detrás de esos resultados hay tres factores decisivos: genética, manejo y nutrición, a los que suma un cuarto componente central, la bioseguridad.
Justamente la bioseguridad aparece hoy como uno de los ejes estratégicos para el futuro de la actividad. El dirigente defendió los sistemas de producción controlados y advirtió sobre los riesgos que pueden surgir cuando se trasladan al debate público simplificaciones que no contemplan la realidad sanitaria, la inocuidad del producto ni el comportamiento de las aves en distintos esquemas. En ese punto fue especialmente crítico con ciertas miradas idealizadas sobre los sistemas libres de jaula, al señalar que la discusión no puede separarse de variables como mortalidad, consumo de alimento, huella de carbono, huella hídrica y riesgo de contaminación.
A la par de ese debate, la avicultura también empezó a profundizar otro camino: el del aprovechamiento integral de sus subproductos. Primero avanzó en el reciclado de cartón y plástico; después, en la reutilización de las cáscaras; y más recientemente, en la valorización del guano como fertilizante o enmienda orgánica. Prida planteó que allí hay una gran oportunidad para acercarse a un esquema de producción circular, aunque reconoció que todavía existen limitantes importantes, sobre todo por el peso de las inversiones iniciales y por la necesidad de financiamiento para incorporar equipamiento y nuevas tecnologías.
En el plano económico, el último año dejó una señal contradictoria. Por un lado, el huevo reforzó su posicionamiento como alimento competitivo frente a otras proteínas; por otro, esa mejora para el consumidor convivió con una fuerte caída del precio en granja. Prida explicó que el sector expandió su producción por encima de lo que crecía la demanda y que ese desajuste terminó corrigiendo a la baja los valores. Aun así, remarcó que el huevo sigue ofreciendo una ventaja clara en términos de costo y aprovechamiento, sobre todo si se lo compara con otros alimentos de origen animal que tienen mayor precio por kilo y menor rendimiento efectivo de consumo.
De todos modos, los buenos indicadores productivos no alcanzan para ocultar los problemas estructurales que siguen condicionando a la cadena. Prida volvió a marcar como prioridad la necesidad de reducir la informalidad y de revisar la carga tributaria que enfrenta el sector, en especial la cuestión impositiva vinculada al IVA. A su entender, allí se encuentra una de las principales barreras para que la actividad pueda desarrollar con mayor fuerza su perfil exportador. De hecho, aseguró que la Argentina tiene capacidad para vender mucho más al exterior, pero que con el esquema actual esa posibilidad queda severamente limitada.
“Podríamos exportar hasta cuatro veces más”, sostuvo Prida al referirse al potencial internacional de la actividad. La expansión exportadora aparece así como una de las grandes fronteras para los próximos años: producir más ya no alcanza si ese aumento no puede transformarse en nuevos mercados, mayor escala y mejores condiciones de competitividad.
En ese contexto, el presidente ejecutivo de CAPIA mantiene una meta que viene sosteniendo desde hace años y que hoy, a la luz de la evolución del consumo, ya no parece tan lejana. Recordó que en 2015 soñaba con que la Argentina alcanzara en 2035 un consumo de 500 huevos per cápita, pero ahora cree que ese objetivo podría lograrse bastante antes. “Sueño con que esa meta la alcancemos mucho antes de lo que lo teníamos planeado y tengo fe que lo vamos a concretar antes del año 2030”, afirmó.
Si eso ocurre, no será solamente por una mejora coyuntural del mercado. Será la consecuencia de un proceso que combina hábitos de consumo, disponibilidad, precio, eficiencia productiva, respaldo sanitario y una tarea sostenida para comunicar las cualidades del producto. Con una producción en niveles récord y un consumidor que incorporó al huevo con mucha más frecuencia que dos décadas atrás, la avicultura argentina entra ahora en una etapa distinta: el desafío ya no es sólo convencer sobre las virtudes del alimento, sino ordenar el crecimiento, sostener la sanidad, formalizar la actividad y convertir la eficiencia alcanzada en una plataforma para crecer también hacia afuera.

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