16 de julio de 2026

Portal Agropecuario

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En Las Toscas, una escuela agraria siembra educación, arraigo y futuro

Por Lic. Horacio Esteban . Director Portal Agropecuario

Con 75 estudiantes, una residencia que recibe a jóvenes de distintas localidades y una formación vinculada directamente con la producción, la Escuela Agraria de Las Toscas se convirtió en una institución fundamental para una extensa región rural. Su director, Javier Zapata, habló con Portal Agropecuario sobre los logros, las necesidades y los proyectos de una comunidad educativa que trabaja durante todo el año.

A 85 kilómetros de la ciudad de Lincoln, en una localidad bonaerense de alrededor de 480 habitantes, funciona una escuela que representa mucho más que una propuesta educativa.

Formé parte de aquella gente que pensó una escuela agraria para que los chicos de la localidad no tuvieran que irse como me tocó a mí. Hoy pongo toda mi formación, mi conocimiento y mi impronta al servicio de esta escuela.”

Javier Zapata , Director

Para numerosos jóvenes de Las Toscas y de pueblos vecinos, es la posibilidad de continuar estudiando, capacitarse para el mundo laboral y proyectar su futuro sin tener que abandonar tempranamente su comunidad.

Javier Zapata es director de la Escuela Agraria de Las Toscas, pero también forma parte de su historia. Nació y creció en esa localidad y, cuando llegó el momento de estudiar, debió trasladarse primero a Lincoln y luego a Alberti, donde obtuvo el título de técnico agropecuario.

Las dificultades económicas le impidieron continuar inmediatamente con su formación. Años después pudo completar estudios terciarios, materias pedagógicas y el tramo de capacitación necesario para ejercer la docencia.

“En aquellos tiempos no pude seguir estudiando por cuestiones económicas. Con el tiempo pude hacer un terciario, completar las materias pedagógicas y realizar el tramo de formación docente”, relató.

El próximo 20 de julio cumplirá 25 años de trabajo educativo. Después de desempeñarse durante años como docente, concursó el cargo directivo y asumió la conducción de la escuela.

Su relación con la institución, sin embargo, comenzó mucho antes.

Zapata integró el grupo de vecinos que, hace aproximadamente 25 años, comenzó a imaginar una escuela agraria para que los jóvenes de Las Toscas no tuvieran que marcharse a estudiar, como había sucedido con él.

“Hay un sentido de pertenencia muy fuerte. Formé parte de aquella gente que pensó una escuela agraria para la localidad, para que los chicos no tuvieran que irse como me tocó a mí. Hoy pongo toda mi formación, mi conocimiento y mi impronta al servicio de esta escuela”, expresó.

Una escuela pequeña por su matrícula, pero grande por su alcance

La institución cuenta actualmente con 75 estudiantes. Aunque se encuentra dentro del grupo de las denominadas escuelas agrarias pequeñas, su influencia educativa se extiende mucho más allá de Las Toscas.

“Hoy tenemos 75 alumnos. Somos una de las escuelas agrarias consideradas chicas por el número de matrícula, pero somos grandes porque les damos una posibilidad a muchos chicos, no solamente de Las Toscas, sino también de localidades vecinas”, explicó Zapata.

A sus aulas concurren jóvenes de cinco o seis localidades de la región y también de la ciudad de Lincoln. La escuela recibe alumnos provenientes de zonas pertenecientes a los partidos de Nueve de Julio, Carlos Tejedor y otros distritos cercanos.

“Tenemos alumnos de cinco o seis localidades de alrededor y también de la ciudad de Lincoln, que está a 85 kilómetros. Estamos en un punto estratégico porque limitamos con distritos como Nueve de Julio, Carlos Casares, Pehuajó y Carlos Tejedor”, detalló.

La matrícula podría ser considerablemente mayor. El principal límite es la infraestructura, especialmente la capacidad de la residencia estudiantil.

Actualmente, 22 alumnos permanecen alojados en el establecimiento desde el lunes por la mañana hasta el viernes por la tarde. Durante cinco días desarrollan allí su vida educativa, productiva y comunitaria, y regresan a sus hogares durante el fin de semana.

“Los chicos vienen el lunes a la mañana, permanecen durante cinco días con nosotros y el viernes, entre las tres y las cinco de la tarde, se retiran a sus hogares. Prácticamente pasan cinco días en la escuela y solamente dos con sus familias”, contó el director.

La demanda supera ampliamente los lugares disponibles. La residencia solamente puede recibir varones porque la escuela todavía no cuenta con los espacios, el personal y la infraestructura necesarios para implementar un alojamiento mixto.

“Hoy los 22 residentes son varones. Todos los años tenemos una demanda enorme de chicas que quieren estudiar acá, pero todavía no les podemos dar esa posibilidad porque no contamos con una residencia mixta”, lamentó.

Existe un proyecto para construir una residencia con capacidad para 50 jóvenes: 30 varones y 20 mujeres. De concretarse, permitiría ampliar la matrícula hasta aproximadamente 100 o 110 estudiantes.

“Tenemos pensado un proyecto de residencia para 50 alumnos, 30 varones y 20 mujeres. Con una residencia más grande podríamos tener una escuela de entre 100 y 110 estudiantes, que sería lo ideal”, sostuvo.

La falta de espacio ya obliga a dejar afuera a jóvenes interesados. Durante el último proceso de inscripción, solamente una parte de los aspirantes pudo conseguir una vacante.

“El año pasado teníamos 18 alumnos anotados para ingresar a la residencia y solamente pudieron entrar seis. No tenemos muchos chicos que egresen y, al mismo tiempo, todos los años quieren ingresar más”, señaló.

Aprender dentro y fuera del aula

La educación agraria combina formación general, contenidos científicos y tecnológicos, materias técnicas específicas y prácticas profesionalizantes.

Durante la mañana, los estudiantes cursan asignaturas como Matemática, Literatura y otras áreas comunes al nivel secundario. Por la tarde, gran parte de las actividades se traslada a los entornos productivos.

“La educación agraria se divide en formación general, científico-tecnológica, técnica específica y prácticas profesionalizantes. A la mañana generalmente tienen las materias comunes y por la tarde aparecen las actividades técnicas, que son las que más los atraen”, explicó Zapata.

En los entornos formativos, los alumnos trabajan con cerdos, conejos, ovejas, cabras, bovinos y otras producciones.

“A los chicos les gusta salir al campo, atender las cachorras, los conejos, los cerdos, las ovejas, las cabras y las vacas. Esas son las tareas que los entusiasman y los atraen mucho más que permanecer varias horas dentro del aula”, manifestó.

También participan en tareas de manejo de rodeos, inseminación artificial, controles de cosecha, seguimiento de siembras y diferentes prácticas vinculadas con la actividad agropecuaria.

La escuela dicta actualmente un curso de inseminación artificial destinado a los alumnos de sexto y séptimo año, abierto también a personas de la comunidad.

“Estamos dando un curso de inseminación artificial para los alumnos de sexto y séptimo, pero también está abierto al público. Además, hacemos cursos de manejo de rodeo y los alumnos participan en colocación de dispositivos, controles de cosecha, siembras y otras tareas”, indicó.

El propósito es que el técnico agropecuario egresado pueda ocupar un lugar entre el productor y los profesionales universitarios, como médicos veterinarios e ingenieros agrónomos.

“Apuntamos a ubicar al técnico agropecuario entre el profesional y el productor. Buscamos que salga con una formación básica sólida para acompañar a un veterinario, a un ingeniero agrónomo o al propio productor”, resumió.

Los alumnos que regresan como profesionales

Muchos exalumnos continuaron estudiando Agronomía o Veterinaria y, después de recibirse, regresaron a la institución como docentes.

Para Zapata, ese regreso representa uno de los mayores reconocimientos al trabajo realizado.

“Varios de los profesionales que hoy trabajan con nosotros son exalumnos de la escuela. Terminaron acá, se fueron a estudiar Ingeniería Agronómica o Veterinaria y después regresaron como docentes”, destacó.

Ese camino de ida y vuelta fortalece el sentido de pertenencia y permite que la escuela conserve una identidad estrechamente vinculada con su comunidad.

“Es muy gratificante porque son chicos que vieron crecer la escuela y la escuela fue creciendo con ellos. Hoy vienen a devolverle un poco de aquella formación que recibieron”, expresó.

Los egresados suelen continuar sus estudios en General Pico, Junín o Lincoln, donde existen propuestas universitarias y tecnicaturas vinculadas con la producción agropecuaria y la administración agraria.

La formación que reciben también les permite incorporarse directamente al mercado laboral de una región donde la actividad agropecuaria ocupa un lugar central.

Una actividad que continúa los 365 días

A diferencia de otras instituciones educativas, una escuela agraria no se detiene completamente durante los fines de semana, los recesos o las vacaciones.

El trabajo con animales y otros seres vivos exige atención permanente. Por esa razón, directivos, docentes y personal de la institución organizan guardias para cubrir las tareas durante todo el año.

“Las escuelas agrarias son muy activas. Nosotros trabajamos las 24 horas, los siete días de la semana y los 365 días del año porque trabajamos con seres vivos. No tenemos fines de semana, receso invernal ni vacaciones completas”, explicó Zapata.

La institución organiza guardias en las que participan integrantes del equipo directivo y trabajadores que tienen responsabilidades sobre los diferentes entornos productivos.

“Siempre nos manejamos con guardias. Quienes tenemos cargos jerárquicos y responsabilidades dentro de la institución nos hacemos cargo durante los fines de semana, los recesos y las vacaciones de verano”, agregó.

La escuela cuenta con aproximadamente 52 o 54 trabajadores entre docentes, auxiliares y personal jerárquico. Cerca de 30 son profesores pertenecientes a las diferentes áreas de formación.

Los 17 kilómetros que condicionan la llegada

Alrededor del 60% de los docentes llega desde otras localidades. El acceso representa una de las dificultades cotidianas: los 17 kilómetros que separan a Las Toscas de la ruta son de tierra.

“El 60% de los docentes viene de afuera y también tenemos alumnos de otras localidades. El problema aparece cuando llueve porque nuestros accesos son de tierra y lo más cercano que tenemos a una ruta está a 17 kilómetros”, explicó el director.

Cuando las condiciones climáticas complican el tránsito, muchos profesores y estudiantes no pueden llegar. En esas jornadas, la institución debe recurrir a la virtualidad para sostener las clases.

“Se había realizado un mejorado o estabilizado hace dos o tres años, pero desapareció y ya no está más. Los días de lluvia tenemos que recurrir a la virtualidad porque los docentes no pueden llegar”, relató.

La conectividad funciona correctamente, pero no reemplaza la necesidad de contar con un acceso transitable durante todo el año.

“Estamos bien en materia de conectividad, pero llegar hasta la localidad se pone difícil. La virtualidad nos permite sostener las clases esos días, aunque no reemplaza todo lo que hacemos de manera presencial”, afirmó.

Para una escuela basada en prácticas con animales, cultivos y maquinaria, la imposibilidad de concurrir al establecimiento representa una dificultad adicional.

“Uno de mis anhelos es que estos 17 kilómetros de tierra algún día puedan transformarse en una ruta o en un acceso transitable permanentemente, para que cada vez que llueva no tengamos que volver a la virtualidad”, expresó Zapata.

Producción, comunidad y esfuerzo compartido

La escuela desarrolla sus actividades productivas sobre terrenos que no son completamente propios.

La cooperadora alquila 14 hectáreas, mientras que una estancia facilita otras dos y la cooperativa eléctrica aporta un predio adicional de aproximadamente dos hectáreas y media.

“Como institución arrendamos 14 hectáreas. Además, una estancia nos facilita dos hectáreas y la cooperativa eléctrica nos presta otro predio de aproximadamente dos hectáreas y media”, detalló.

Como todavía no dispone de toda la maquinaria necesaria, requiere la colaboración de contratistas, productores y empresas de la zona.

Algunos vecinos realizan trabajos de labranza, aportan semillas o colaboran con insumos.

“Como no contamos todavía con toda la maquinaria, necesitamos que contratistas y productores nos ayuden a roturar la tierra. Cuando hay que pasar un cincel o un disco, recurrimos a personas de la localidad que nos hacen esos trabajos”, explicó.

La escuela busca avanzar gradualmente en la compra de herramientas. Ya incorporó algunos implementos y mantiene como objetivo conseguir un tractor que le permita ampliar sus actividades.

“Compramos algunas herramientas, una desmalezadora y un pinche. Estamos en ese camino y esperamos poder comprar un tractorcito o que alguien pueda donarnos uno”, expresó.

El acompañamiento también se refleja en la entrega de alimentos, semillas y animales.

“Empresas de la zona nos donan maíz y semillas para alimentar a los animales. Un productor de Lincoln nos donó tres terneros y otras personas colaboran permanentemente con los proyectos”, destacó.

Buena parte de lo producido tiene como destino el comedor escolar. Cuando las necesidades alimentarias se encuentran cubiertas, algunos animales o productos se comercializan en la comunidad y los recursos obtenidos se reinvierten en los entornos formativos.

“El direccionador de las escuelas agrarias es el comedor. Las producciones deberían destinarse prioritariamente a la alimentación de los alumnos. Como estamos cubiertos, en algunos casos vendemos terneros, corderos o lechones a la comunidad y ese dinero vuelve a los entornos formativos”, explicó.

Una comunidad que acompaña

Las Toscas es una localidad pequeña y la escuela mantiene una relación muy cercana con los vecinos.

“Tenemos un vínculo muy estrecho con la comunidad. Somos un pueblo de alrededor de 480 habitantes y la escuela es una institución muy importante para todos”, señaló Zapata.

Productores, profesionales, establecimientos y contratistas participan de diferentes maneras. Esa colaboración permite sostener prácticas que, de otra forma, serían difíciles de realizar.

“La comunidad acompaña mucho. Nosotros necesitamos especialmente de contratistas rurales, establecimientos agropecuarios y semilleros porque son quienes pueden ayudarnos con maquinaria, insumos o espacios para las prácticas”, indicó.

También existen convenios con médicos veterinarios, ingenieros agrónomos y establecimientos productivos para que los alumnos realicen prácticas formativas en ambientes de trabajo.

“Los profesionales se hacen oferentes de la institución. Cuando tienen que realizar una inseminación, sacar sangre, hacer un raspaje de toros o alguna tarea particular, pueden llevarse dos o tres alumnos para que participen”, explicó.

De esa manera, los jóvenes conocen situaciones reales de trabajo y complementan los conocimientos incorporados dentro de la escuela.

Los recursos para sostener la educación agraria

Zapata explicó que los fondos nacionales que anteriormente llegaban mediante programas destinados a la educación técnica y agraria fueron reducidos.

“Durante muchos años recibimos fondos del Programa 39 y del Plan de Mejora Institucional. Para las escuelas pequeñas como la nuestra eran muy importantes porque permitían invertir en tecnología y modernizar los entornos formativos”, recordó.

Según indicó, esas partidas ayudaban a mejorar las áreas de producción porcina, ovina, caprina, bovina y de agroalimentos.

“Este año esos recursos se recortaron y ese recorte llegó a nuestra escuela. Provincia envió hace poco un aporte que nos ayuda, aunque no es un monto demasiado grande frente a todas las necesidades”, manifestó.

En ese contexto, la producción propia y la colaboración comunitaria se convirtieron en herramientas fundamentales para sostener el funcionamiento cotidiano.

“En estos momentos nos estamos sustentando en buena medida con lo que producimos. Por suerte tenemos cubierto el comedor escolar, que para nosotros es primordial, y lo que podemos generar se utiliza para mantener los entornos formativos”, sostuvo.

Nuevos proyectos para ampliar la formación

Entre las iniciativas que se encuentran en marcha aparece un trabajo conjunto con la Asociación Argentina Criadores de Hereford.

La escuela recibe terneras cedidas por una cabaña de General O’Brien. Los estudiantes realizan tareas de amansamiento, preparación y presentación de los animales.

“Una cabaña de General O’Brien nos entrega cuatro terneras. Nosotros hacemos la mansedumbre, la preparación y la peluquería, y después las presentamos en exposiciones”, explicó Zapata.

En 2025 participaron de una muestra en Pergamino y actualmente trabajan con otros ejemplares para volver a presentarse en septiembre.

“El año pasado fuimos a Pergamino con cuatro animales y este año ya estamos trabajando con otros cuatro para presentarlos nuevamente en septiembre”, adelantó.

También comenzará un proyecto de producción de trufas. La propuesta contempla inicialmente la plantación de 50 robles inoculados, a partir de una iniciativa impulsada junto con una cabaña de la región.

“Estamos por comenzar un proyecto de trufas. Vamos a colocar inicialmente 50 plantas de roble. Es una iniciativa interesante no solamente para la escuela, sino también para toda la comunidad”, destacó.

Para el director, estos proyectos cumplen una función educativa, pero también ayudan a visibilizar a la institución.

“Todo lo que hacemos tiene también el objetivo de mostrar que existe una escuela a 85 kilómetros de Lincoln, en un pequeño punto llamado Las Toscas. Queremos que se conozca nuestro trabajo y que alguien pueda decir: ‘Hay que darle una mano a esta gente’”, expresó.

Aprender también es conocer otros lugares

La escuela organiza actividades que amplían el horizonte cultural de los alumnos. Durante la Exposición Rural de Palermo, la comunidad educativa viajará con más de 70 estudiantes a la Ciudad de Buenos Aires.

Para muchos será la primera oportunidad de conocer lugares emblemáticos como la Casa Rosada, la Catedral Metropolitana o el Obelisco.

“Nos vamos todos a la Rural de Palermo. Van a viajar más de 70 alumnos y para muchos será la primera vez que conozcan Buenos Aires. Queremos que puedan ver la Casa Rosada, el Obelisco, la Catedral y otros lugares”, contó Zapata.

La propuesta refleja una mirada educativa que busca combinar la formación técnica con experiencias culturales y sociales.

“La escuela agraria tiene una idiosincrasia especial. Con los alumnos, y especialmente con los residentes que pasan cinco días con nosotros, se genera otro vínculo”, sostuvo.

Ese contacto cotidiano lleva a que la relación entre docentes, directivos y estudiantes trascienda muchas veces el horario escolar.

“Cuando termino mi jornada paso por la residencia, veo qué están haciendo, converso un rato con ellos y después sigo para mi casa. Son cinco días compartidos y eso construye una relación muy cercana”, explicó.

El sueño de terminar la escuela que comenzó el pueblo

La Escuela Agraria de Las Toscas tiene un plan educativo de siete años, pero solamente dispone de tres aulas propias. Necesita construir otras cuatro.

“Nuestro diseño curricular es de siete años, como todas las escuelas técnicas y agrarias, pero como institución solamente tenemos tres salones. Nos faltan cuatro aulas”, precisó Zapata.

Dos salones se encuentran en proceso de ejecución mediante aportes y gestiones impulsadas por la propia comunidad. También se proyecta una nueva cocina, un comedor y la ampliación de la residencia.

“Estamos construyendo dos aulas a pulmón. También pensamos reunirnos con productores para avanzar con una cocina y un comedor propios, porque actualmente los compartimos con la escuela primaria”, indicó.

El director considera que la institución posee un enorme potencial de crecimiento, pero necesita completar su infraestructura.

“Es una escuela con un potencial enorme. Estamos en un punto estratégico y podemos brindarles a los jóvenes una formación que les permita continuar estudiando o incorporarse rápidamente al mundo laboral”, afirmó.

Zapata podría comenzar a pensar en su jubilación, pero asegura que todavía tiene objetivos por cumplir.

“El 20 de julio cumplo 25 años de trabajo y estoy en condiciones de jubilarme, pero todavía me quedan muchas cosas por hacer”, confesó.

Su mayor anhelo es ver terminada, o al menos considerablemente avanzada, la infraestructura de una escuela que ayudó a imaginar cuando todavía no existía.

“Me gustaría ver crecer a esta escuela en infraestructura. Todo lo relacionado con la formación y con el perfil que queríamos darles a los alumnos hoy lo estamos pudiendo lograr”, señaló.

Antes de dejar la dirección, espera poder contemplar parte de los proyectos concluidos.

“Mi sueño es ver culminada la obra de la Escuela Agraria de Las Toscas, o al menos ver terminada una parte importante de todo lo que falta. Ese es uno de mis grandes anhelos y por eso sigo poniéndole tantas ganas”, concluyó.

En medio de caminos de tierra, limitaciones edilicias y distancias considerables, la Escuela Agraria de Las Toscas continúa formando jóvenes, promoviendo el arraigo y construyendo oportunidades.

Lo hace con educación, producción, compromiso comunitario y la convicción de que el futuro de los pueblos también se cultiva.

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