
Hija de agricultores y parte de una pequeña empresa familiar de Goya, cuestionó las demoras en los pagos, el deterioro del precio del tabaco y la falta de políticas para abrir nuevos mercados. También pidió que se concrete la mesa productiva anunciada por las autoridades locales.
Sofía Chetti no habla del campo desde un escritorio. Es hija de agricultores, integra una pequeña empresa agropecuaria familiar y conoce desde adentro lo que significa sostener una producción cuando los precios pierden frente a los costos, los pagos llegan con meses de demora y las alternativas de diversificación chocan contra la falta de mercados.
Su familia produce en la zona rural de Goya, Corrientes, principalmente tabaco y, en menor medida, hortalizas que se comercializan a través de cooperativas de la región. Una de ellas también ofrece un espacio de venta bajo la modalidad de feria. Toda la producción se destina al mercado interno y encuentra allí uno de sus principales límites.
“Por ahí lo que nos falta es mercado o poder exportar, pero en este lugar no hay políticas para eso”, resumió Chetti, quien viene expresándose y acompañando la lucha por los derechos de los productores tabacaleros.
Para las familias de la zona, el problema no es nuevo. La burocracia, las demoras en los pagos y las discusiones por el valor del tabaco se repiten desde hace décadas. Lo que cambió fue la relación entre esos ingresos y un costo de vida que aumentó con fuerza, dejando a los productores en una posición cada vez más frágil.
Según explicó Chetti, en 2024 el kilo de tabaco C1, correspondiente a la primera clase, alcanzaba los 2.000 pesos. Durante 2025, el promedio habría descendido hasta aproximadamente 1.340 pesos por kilo, mientras que en 2026 una parte importante de los productores recibió alrededor de 1.500 pesos.
Es decir, de acuerdo con los valores aportados por la productora, este año muchas familias cobraron por debajo del precio que habían obtenido dos campañas atrás, pese al fuerte incremento acumulado por los costos de producción y de vida.
“Es el trabajo de todo un año. El tabaco requiere un trabajo muy duro y cada campaña representa un nuevo desafío”, señaló.
A la pérdida del poder adquisitivo se agregan las demoras. Chetti relató que su familia llegó a cobrar el pago principal nueve meses después de terminada la cosecha y tuvo que esperar doce meses para recibir el denominado sobreprecio, la compensación complementaria que perciben los productores.
El retraso no es un dato menor. Mientras esperan, las familias deben seguir viviendo, comprar insumos, preparar la campaña siguiente y afrontar los gastos cotidianos. Cuando finalmente reciben el dinero, muchas veces no representa una mejora económica, sino apenas el pago tardío de una deuda.
“Nos pagaron lo que nos debían, nada más”, sintetizó.
Una diversificación que no encuentra compradores
Frente a las dificultades del sector tabacalero suele aparecer una respuesta repetida: dejar el tabaco y producir otra cosa. Para Chetti, esa recomendación desconoce las condiciones reales en las que trabajan las familias rurales de Goya.
Su familia produjo algodón hasta que cerraron las dos fábricas locales que compraban esa materia prima. También intentó trabajar con zapallo y maíz, pero comenzó a sufrir robos. Cuando se presentó ante la Policía para dejar constancia de lo sucedido, la respuesta que recibió fue que abandonara esos cultivos y se dedicara a otra actividad.
En esas condiciones, el tabaco terminó siendo una de las pocas producciones que la familia podía mantener. No porque no exista voluntad para reconvertirse, sino porque faltan compradores, seguridad, planificación y canales de comercialización para las demás alternativas.
“Queremos diversificarnos y reconvertirnos, pero en la tercera sección Buena Vista no tenemos mercado para otras producciones”, explicó.
Chetti considera que el tabaco podría alcanzar un valor mayor si existieran posibilidades concretas de exportación y una cadena comercial con menos intermediarios. En la actualidad, según su análisis, buena parte del valor se pierde antes de llegar al productor.
El reclamo, por lo tanto, no se limita a conseguir un mejor precio para una campaña. Lo que las familias piden es una política productiva que contemple mercados, comercialización, asistencia técnica, seguridad rural y previsibilidad en los pagos.
El pedido para que se concrete la mesa productiva
La productora recordó que, durante la apertura de sesiones del Concejo Deliberante, el intendente de Goya planteó la conformación de una mesa productiva. También señaló que el secretario de Producción reconoció la caída de la actividad agrícola en el departamento y la necesidad de abordar sus dificultades.
Ahora los productores quieren que ese anuncio se traduzca en un espacio efectivo de trabajo.
“Pedimos que la mesa productiva realmente se concrete y que estos problemas sean tratados. Sin producción, la ciudad tampoco puede sostenerse”, afirmó.
La preocupación también alcanza a las nuevas generaciones. Continuar el legado familiar requiere mucho más que apego por la tierra. Los jóvenes deben evaluar si podrán recuperar la inversión, vivir de su trabajo y construir un proyecto personal en el lugar donde nacieron. Cuando las condiciones no ofrecen ninguna certeza, permanecer en el campo se vuelve cada vez más difícil.
Chetti reconoció que la obra social del sector continúa brindando prestaciones dentro de parámetros aceptables, aunque ya no con la misma calidad de otros años. Sin embargo, ese beneficio por sí solo no alcanza para garantizar la continuidad de las familias en la actividad.
A los problemas económicos y comerciales se suma el clima, un factor que puede arruinar en pocas horas el esfuerzo de meses. Pese a todo, las familias siguen produciendo, generando empleo y movilizando la economía de las comunidades rurales.
“Somos de la zona rural, amamos lo que hacemos y generamos mano de obra, pero sentimos que no somos escuchados. Somos invisibles para las autoridades y eso es lo que más duele”, expresó.
La producción también sostiene a la ciudad
El reclamo de Chetti pone sobre la mesa una realidad que muchas veces queda fuera de la discusión pública. El dinero que reciben los productores no permanece encerrado dentro de los establecimientos: vuelve inmediatamente a la economía de Goya a través de la compra de alimentos, combustible, herramientas, insumos, servicios y otros bienes en los comercios locales.
Por eso, cuando cae la producción rural, la consecuencia no se limita al productor. También alcanza al transportista, al proveedor, al trabajador contratado, a las cooperativas y a los negocios de la ciudad.
Las familias tabacaleras no están pidiendo abandonar su actividad ni vivir de una asistencia permanente. Reclaman cobrar en tiempo y forma, recibir un valor relacionado con los costos reales, contar con seguridad y asistencia técnica, acceder a nuevos mercados y participar de una planificación que les permita diversificarse sin quedar a merced de la improvisación.
“Queremos seguir trabajando. Si a nosotros nos va bien, también les irá bien a los gobernantes y a la gente de la ciudad, porque todo lo que recibimos vuelve al comercio local”, sostuvo Chetti.
Su mensaje combina cansancio y determinación. Después de años de demoras, precios insuficientes y promesas que no siempre se concretan, la familia continúa produciendo. No porque las condiciones sean favorables, sino porque existe una historia, un conocimiento y una forma de vida que se resisten a desaparecer.
“La gente de campo sabe luchar. No nos rendimos, pero necesitamos que las autoridades vuelvan a acompañarnos, que nos escuchen y que exista una planificación para poder seguir viviendo y produciendo en nuestro lugar”, concluyó.

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