
El Tasómetro de septiembre, elaborado por la consultora Satower, mostró un cambio en la estrategia financiera de las empresas agropecuarias. Después de varios meses de fuerte protagonismo del crédito en dólares, comenzaron a recuperar terreno las operaciones en pesos, en un contexto en el que el sector llega a la campaña con elevados niveles de apalancamiento y con la liquidez convertida en una variable cada vez más importante.
El financiamiento se convirtió en una pieza central de la gestión de las empresas agropecuarias. Ya no aparece solamente como una herramienta para cubrir una necesidad puntual de fondos, sino también como parte de una estrategia que permite sostener inversiones, mejorar productividad, conservar activos o aprovechar oportunidades de negocio. En ese escenario, septiembre dejó una señal diferente respecto de los meses anteriores: luego del fuerte crecimiento de las operaciones en dólares, comenzó a observarse nuevamente un mayor interés por el crédito en pesos.
La tendencia surge del Tasómetro, el relevamiento mensual elaborado por la consultora Satower para conocer cómo perciben los empresarios agropecuarios las condiciones financieras y qué decisiones adoptan frente a las distintas alternativas disponibles. El Lic. en Economía Hernán Satorre, fundador de Satower, explicó a Portal Agropecuario que el trabajo combina una parte pública, en la que se analiza la percepción de los empresarios sobre tasas, destinos y condiciones del crédito, con otra información más específica sobre operaciones concretas que queda reservada para quienes participan del estudio.
Más allá de la moneda elegida, el informe vuelve a mostrar un proceso que se viene profundizando en las últimas campañas: el crédito ocupa cada vez más espacio dentro de la estructura financiera del agro. A los bancos se sumaron proveedores de maquinaria, empresas de insumos y otros actores de la cadena que ofrecen distintas herramientas para financiar capital de trabajo, inversiones o adquisición de bienes productivos. Para Satorre, sin embargo, resulta importante diferenciar endeudamiento de apalancamiento, porque no toda deuda tiene el mismo origen ni persigue el mismo objetivo.
“La deuda o el endeudamiento es cuando uno toma un crédito manteniendo los problemas estructurales. Si uno toma un crédito con el objetivo de aumentar la eficiencia, la productividad o crecer, eso es apalancamiento”, explicó. Bajo esa definición, el agro atraviesa uno de los mayores niveles de apalancamiento desde la salida de la convertibilidad y una de sus características es la elevada participación de obligaciones de corto plazo denominadas en moneda estadounidense. De acuerdo con los datos que maneja Satower, según la actividad principal de cada empresa, entre 70% y 82% del crédito de corto plazo está denominado en dólares.
La situación es muy diferente a la que predominó durante los años de inflación extremadamente elevada. En aquel contexto, muchas empresas elegían tomar deuda en pesos porque el aumento general de los precios terminaba reduciendo el peso real de las obligaciones. Hoy la ecuación es distinta. Con tasas reales positivas, las compañías necesitan analizar con mayor precisión cuánto cuesta el dinero, qué rentabilidad puede generar la inversión financiada y, fundamentalmente, si será el proyecto el que termine pagando el crédito o si la empresa tendrá que absorber ese costo con recursos propios.
Para Satorre, esa diferencia es decisiva porque una tasa no puede evaluarse de manera aislada. Un crédito puede resultar costoso para una empresa con márgenes reducidos y, al mismo tiempo, ser razonable para otra que logra transformar esos fondos en una inversión capaz de generar un retorno superior al costo financiero. La pregunta, entonces, deja de ser simplemente cuánto cuesta el préstamo y pasa a ser qué capacidad tiene la empresa para producir con ese capital un resultado que justifique haberlo tomado.
Dentro del mapa productivo, las empresas cuya actividad principal es la cría ganadera aparecen entre las que muestran mayores niveles de apalancamiento. Eso, aclaró el economista, no necesariamente debe interpretarse como una señal negativa. En muchos casos ocurre lo contrario: productores con expectativas favorables sobre la evolución del negocio deciden conservar activos productivos y recurrir al crédito en lugar de vender hacienda o desprenderse de otros bienes. Allí aparece una diferencia clara entre financiarse por necesidad y hacerlo para aprovechar una oportunidad.
La misma lógica se observa en agricultura. Un productor que considera que sus granos pueden mejorar de precio puede decidir conservar la mercadería y financiarse durante un determinado período. La operación tendrá sentido siempre que la valorización esperada de esos granos supere el costo financiero asumido. Si eso no ocurre, la estrategia termina jugando en contra. Por esa razón, vender, conservar mercadería o recurrir al crédito para postergar una venta son decisiones que deben analizarse conjuntamente y no como movimientos independientes.
Satorre insiste en que no existen recetas universales y que cada empresa debería construir sus propios escenarios considerando costos, nivel de endeudamiento, capacidad de pago, precios esperados, plazos y riesgo cambiario. Dos productores que realizan exactamente la misma actividad pueden tomar decisiones financieras opuestas y, aun así, ambas resultar razonables si responden a estructuras económicas diferentes.
La ganadería continúa apareciendo entre las actividades con mejores perspectivas, aunque el fundador de Satower advierte que formar parte de un sector rentable ya no garantiza por sí mismo un buen resultado. “Ya no hay una homogeneidad. Es el modelo de negocio el que determina si hay rentabilidad o no”, señaló. Esa diferencia se observa también en agricultura y lechería, donde empresas con niveles productivos similares pueden terminar una campaña con resultados muy distintos según la estructura de costos, la utilización de capital propio o financiado, la estrategia comercial y las características particulares de cada establecimiento.
En agricultura, por ejemplo, dos productores pueden alcanzar rindes similares en soja y terminar con márgenes completamente diferentes. El costo del alquiler, el momento en que compraron los insumos, la forma en que financiaron la campaña y la estrategia elegida para comercializar los granos pueden modificar por completo el resultado final. En lechería sucede algo semejante: una empresa propietaria de la tierra y de la hacienda tiene una estructura muy diferente de otra que debe afrontar alquileres y animales capitalizados. La actividad puede ser la misma, pero la ecuación económica cambia.
Por eso, uno de los mayores riesgos es pretender enfrentar el nuevo escenario utilizando automáticamente las recetas que funcionaron durante otros períodos de la economía argentina. “Pensar que la receta del pasado es la misma que me va a generar ingresos en el futuro es lo que pone en riesgo la actividad y la empresa”, afirmó Satorre. La gestión, en este contexto, requiere prestar mucha más atención al financiamiento, al flujo de caja y a la capacidad de adaptación de cada organización.
En ese marco, septiembre mostró un dato que se diferencia de los relevamientos anteriores: comenzó a crecer nuevamente la participación del crédito en pesos. Después de una etapa en la que las operaciones en dólares habían ganado terreno, el Tasómetro comenzó a detectar un mayor interés por las alternativas en moneda local. Según Satorre, detrás de ese movimiento pueden coexistir distintas explicaciones. Algunos empresarios pueden estar evaluando escenarios futuros para el tipo de cambio, mientras que otros podrían estar buscando simplemente reducir la elevada exposición en dólares y diversificar su estructura financiera.
Esto último no significa necesariamente que los créditos en pesos sean considerados más baratos. Puede tratarse de una decisión relacionada con la administración del riesgo. Una compañía que ya concentra buena parte de sus obligaciones en dólares puede optar por incorporar deuda en moneda local para equilibrar su posición, aun cuando la tasa nominal resulte mayor. El análisis depende, otra vez, del conjunto de variables que enfrenta la empresa y no solamente de la tasa que figura en la oferta crediticia.
Satorre señaló que existen operaciones en dólares con tasas que pueden ubicarse alrededor de 5% a 8% anual, otras cercanas al 9% y determinadas líneas tradicionales que pueden moverse entre 9% y 12%. A eso se suman propuestas promocionales específicas para la compra de maquinaria o hacienda que, en algunos casos, pueden ofrecer condiciones cercanas al 0%. Pero ninguna de esas cifras, advirtió, debería evaluarse sin contemplar la evolución del tipo de cambio, el plazo del financiamiento y la capacidad de generación de fondos de la empresa.
“No existen créditos caros o baratos por sí mismos. Hay que preguntarse caros o baratos en relación con qué”, resumió. La afirmación sintetiza buena parte de la lógica que propone el economista: el costo financiero tiene que compararse con el retorno que puede generar el capital tomado y con la capacidad real de la empresa para afrontar los compromisos sin deteriorar su funcionamiento.
Este nuevo escenario también obliga a ampliar la manera de mirar la gestión agropecuaria. Durante muchos años, gran parte de las decisiones se concentraron en variables estrictamente productivas como los rindes, los kilos obtenidos, los litros producidos, el precio o el margen por hectárea. Todos esos indicadores siguen siendo fundamentales, pero ya no alcanzan para explicar por qué algunas empresas logran mejores resultados que otras. La logística, la productividad del personal, la estructura financiera, el costo del capital, la estrategia comercial y la calidad del management empiezan a adquirir un peso cada vez mayor.
A eso se suma una economía agropecuaria mucho más expuesta a lo que ocurre en el exterior. Las tasas internacionales, los conflictos geopolíticos, la demanda mundial de alimentos y la evolución de los precios de los commodities terminan repercutiendo sobre las decisiones locales. “Durante muchos años nos acostumbramos a mirar lo que pasaba dentro de Argentina porque prácticamente estábamos en una economía cerrada. Cuando uno se inserta en el mundo, lo que pasa afuera impacta en Argentina”, explicó Satorre.
Los cambios también atraviesan a las empresas familiares, especialmente cuando llega el momento del recambio generacional. El paso de una generación a otra puede modificar la escala del establecimiento cuando una misma superficie debe sostener a una cantidad mayor de integrantes. Sin embargo, Satorre señaló que la experiencia muestra procesos diversos: algunos familiares compran o alquilan las participaciones de otros y existen establecimientos que, después de atravesar ese proceso, vuelven a crecer mediante nuevas adquisiciones de tierra.
Según su experiencia como asesor, varias de las empresas con las que trabajó en los últimos años lograron ampliar su superficie. La tierra, además, continúa conservando un atractivo particular como activo en la Argentina por la relación entre su valor y su capacidad productiva frente a otros países agrícolas, lo que mantiene vigente el interés por las inversiones de largo plazo.
Pero uno de los aspectos más relevantes que refleja el Tasómetro de septiembre aparece en un activo menos visible que un campo, una máquina o un rodeo: la liquidez. Una parte importante de las operaciones relevadas fue otorgada a sola firma, una señal de que para quienes financian comienza a ser cada vez más importante la capacidad de una empresa para generar fondos y cumplir sus compromisos, y no solamente la cantidad de activos que posee.
Una compañía puede contar con campos, maquinaria y hacienda por millones de dólares y, aun así, enfrentar dificultades financieras si no dispone de un flujo de fondos adecuado. De la misma manera, una empresa con una administración ordenada, capacidad de pago y una carpeta financiera sólida puede mejorar considerablemente su acceso al crédito. La liquidez deja así de ser únicamente una consecuencia de la actividad para transformarse en una herramienta estratégica.
Ese cambio adquiere todavía más relevancia en un escenario en el que los márgenes pueden volverse más estrechos. Si la competencia aumenta, las diferencias entre empresas probablemente estarán cada vez menos determinadas solamente por los precios y más por la productividad, la eficiencia, el manejo financiero y la velocidad con la que cada organización pueda adaptar su modelo de negocio.
Para el Lic. en Economía Hernán Satorre, fundador de Satower, ese proceso ya comenzó y marcará buena parte del camino que tendrán por delante las empresas agropecuarias. “Claramente el camino hacia el cual estamos yendo es un camino de mayor eficiencia, mayor productividad y mayor competencia. Y es algo a lo que, como argentinos, nos vamos a tener que acostumbrar”, concluyó.

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