8 de septiembre de 2026

Portal Agropecuario

El Campo por todos los medios

El productor que nunca dejó de sembrar, aun cuando el país le dio la espalda

En el Día del Agricultor y del Productor Agropecuario, un homenaje a quienes sostienen al campo argentino entre tecnología, retenciones, clima, crisis e infraestructura pendiente.

por Lic. Horacio Esteban – Director Portal Agropecuario

Del arado a la inteligencia artificial, de la 125 a las retenciones, de las sequías a los caminos rotos: homenaje a quienes siguen sosteniendo una de las mayores fortalezas de la Argentina

Cada 8 de septiembre invita a hablar del agricultor y del productor agropecuario. Pero quizás la mejor manera de homenajearlos no sea solamente recordar una fecha, sino detenerse por un momento a observar todo lo que hubo detrás de cada hectárea sembrada, de cada cosecha levantada y de cada alimento que llegó a una mesa argentina o cruzó nuestras fronteras. Porque el productor argentino nunca fue un espectador de los cambios. Fue protagonista. Pasaron generaciones que comenzaron trabajando la tierra con herramientas que hoy parecen pertenecer a otro mundo. Llegó la mecanización, aparecieron nuevas semillas, fertilizantes y sistemas de manejo. Más tarde, la siembra directa modificó profundamente la agricultura argentina y abrió una nueva etapa productiva. Después llegaron los monitores de rendimiento, la agricultura de precisión, la incorporación de imágenes satelitales, drones, sensores, plataformas digitales y, actualmente, la inteligencia artificial aplicada a decisiones que hasta hace no demasiado tiempo dependían casi exclusivamente de la experiencia y la intuición.

El productor argentino fue incorporando cada una de esas herramientas. Aprendió, invirtió, se capacitó, se equivocó, corrigió y volvió a empezar. Esa capacidad para adoptar tecnología explica buena parte del reconocimiento que la agricultura argentina consiguió en el mundo. Pero sería injusto contar solamente esa parte de la historia, porque mientras avanzaba tecnológicamente, el productor también tuvo que aprender a producir en un país en el que las reglas económicas cambiaron demasiadas veces. Soportó crisis, inflación, devaluaciones, restricciones comerciales, intervenciones de mercados y una presión tributaria que encontró en los derechos de exportación uno de sus símbolos más controvertidos. Las retenciones atravesaron gobiernos, administraciones y discursos políticos diferentes. Cambiaron porcentajes, argumentos y circunstancias, pero permaneció durante décadas una discusión que la Argentina todavía no ha podido resolver: cuánto puede extraer el Estado del sector que genera una parte sustancial de las divisas del país sin terminar debilitando su capacidad de producir, invertir y crecer.

Hubo un momento en que esa discusión dejó los despachos y llegó a las rutas. La Resolución 125 marcó un antes y un después. Muchos productores que durante toda su vida habían trabajado puertas adentro de sus establecimientos tuvieron que abrir las tranqueras y salir a defender públicamente lo que consideraban sus derechos. Las rutas se transformaron en lugares de reunión, debate y protesta. El campo dejó de ser durante aquellos meses solamente una actividad productiva para convertirse también en un actor político y social visible ante toda la sociedad. Pero la agricultura argentina no es únicamente el gran lote, la sembradora de última generación o la cosechadora equipada con tecnología de precisión. Hay otra Argentina productiva que merece exactamente el mismo reconocimiento: la del agricultor familiar, la del pequeño productor y la de miles de familias que trabajan algunas pocas hectáreas y que muchas veces lo hacen lejos de las innovaciones tecnológicas más sofisticadas.

Son productores frutícolas, hortícolas, tamberos, ganaderos, apicultores y agricultores de las economías regionales distribuidos a lo largo y a lo ancho del país. Son quienes producen bajo una realidad muchas veces más difícil y mucho menos visible. Trabajan a cielo abierto y dependen de una variable que ningún gobierno ni productor puede controlar: el clima. Una helada puede destruir en pocas horas el trabajo de todo un año. Una sequía puede convertir una campaña en pérdidas. Una inundación puede dejar un establecimiento aislado durante semanas. Pero las contingencias no terminan cuando mejora el tiempo. También están los caminos rurales deteriorados, la falta de infraestructura, los problemas de conectividad, los costos logísticos, la inseguridad rural, los robos, el vandalismo y las enormes distancias que separan a muchos productores de los mercados, los servicios y los centros urbanos. Y aun así siguen produciendo.

Ese pequeño productor tiene además un papel decisivo que muchas veces pasa inadvertido: una parte importante de esas producciones abastece directamente al mercado interno. Detrás de las frutas, verduras, carnes, leche y numerosos alimentos que consumen diariamente los argentinos existen miles de pequeños establecimientos y familias rurales que sostienen silenciosamente una enorme red productiva. Por eso este 8 de septiembre también debería servir para mirar hacia adelante y particularmente para que quienes gobiernan hoy, pero también quienes aspiren a gobernar mañana, comprendan definitivamente que el agro no puede ser observado solamente como una fuente de recaudación. La Argentina tiene algo que pocos países poseen. Tiene diversidad de climas, suelos, agua, conocimiento, tecnología, productores, científicos, técnicos, contratistas, empresas y una agroindustria capaz de transformar materias primas y generar alimentos para millones de personas.

Tiene producción en la Pampa Húmeda y economías regionales desde la Patagonia hasta el Norte argentino. Tiene granos, carnes, leche, frutas, vinos, yerba mate, té, cítricos, olivos, forestación, legumbres, horticultura y decenas de cadenas productivas que pueden multiplicar empleo y desarrollo en el interior. En un mundo que necesita cada vez más alimentos, energía y biomateriales, esa capacidad representa una enorme oportunidad. Pero las oportunidades no se concretan solas. Se necesita infraestructura, caminos, ferrocarriles, puertos, energía, conectividad, financiamiento, investigación, tecnología, seguridad jurídica, apertura de mercados, estabilidad económica y reglas que permitan planificar más allá de una campaña. Y, fundamentalmente, se necesita abandonar una vieja concepción: pensar al productor como una caja disponible cada vez que las cuentas públicas necesitan recursos.

El Estado tiene derecho a recaudar para cumplir sus obligaciones. Pero existe una enorme diferencia entre recaudar y desalentar aquello que después se pretende hacer crecer. El desafío debería ser otro: que el Estado y el sector privado puedan construir una estrategia productiva común en la que producir más no sea castigado, invertir tenga sentido y exportar deje de ser visto como un privilegio para convertirse en una política de desarrollo. Porque cada tonelada adicional producida significa movimiento en un pueblo del interior, trabajo para un contratista, un transportista, un mecánico, un ingeniero agrónomo, un veterinario, una industria, un comercio y finalmente más actividad económica para el país.

El campo argentino ha demostrado durante décadas que puede transformarse. Pasó del arado a la agricultura de precisión, de mirar el cielo para decidir una labor a recibir información satelital en tiempo real, del cuaderno de campo al algoritmo. Y ahora comienza a ingresar en una etapa en la que la inteligencia artificial también ayudará a decidir cuándo sembrar, cuánto fertilizar o dónde intervenir dentro de un lote. Pero existe una tecnología todavía más importante que cualquier computadora: es la voluntad de seguir produciendo. La tuvieron quienes comenzaron hace generaciones, la tienen los productores que hoy manejan establecimientos con tecnología de última generación y también la tiene ese pequeño agricultor que mañana volverá a levantarse antes de que salga el sol para trabajar unas pocas hectáreas que posiblemente hayan pertenecido antes a sus padres o a sus abuelos.

A todos ellos corresponde el homenaje. Pero quizás el mejor homenaje que puede hacerles la Argentina no sea una placa, un discurso ni una publicación cada 8 de septiembre. Sería construir finalmente un país donde producir no sea una carrera de obstáculos, donde el Estado acompañe en lugar de limitar, donde las políticas agropecuarias sobrevivan a los gobiernos, donde el pequeño productor tenga posibilidades de continuar y el que quiera crecer pueda hacerlo. Y donde aquella enorme capacidad productiva que existe desde hace generaciones deje de ser solamente una promesa para convertirse definitivamente en una verdadera política de desarrollo nacional.

Porque detrás de cada cosecha hay mucho más que toneladas. Hay familias, inversión, riesgo, trabajo, conocimiento y generaciones enteras que decidieron quedarse produciendo. A ellas, este 8 de septiembre, el reconocimiento. Y a quienes tienen la responsabilidad de gobernar, un mensaje mucho más importante: no alcanza con celebrar al productor un día al año. Hay que permitirle producir los otros 364.