11 de octubre de 2026

Portal Agropecuario

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La lechería crece , pero los tambos ganan?

Daniel Villulla, asesor técnico de CAPROLECOBA, analiza por qué aumenta la producción de leche mientras se deteriora la rentabilidad de muchos establecimientos, y qué desafíos enfrenta el sector hacia 2027.

Por Horacio Esteban – Director Portal Agropecuario

La lechería argentina está produciendo más leche, exporta volúmenes crecientes y recuperó buena parte del consumo interno que había perdido durante la crisis de 2024. Son señales que, observadas aisladamente, podrían conducir a una conclusión optimista sobre el presente de la actividad. Sin embargo, detrás de esos números convive una realidad bastante más compleja: numerosos tambos trabajan con rentabilidad negativa, el precio que recibe el productor perdió poder adquisitivo y las posibilidades de invertir no son las mismas para todos. Esa aparente contradicción atraviesa hoy a uno de los sectores de mayor tradición productiva del país.

Para entender lo que ocurre, Portal Agropecuario mantuvo una extensa conversación con el ingeniero agrónomo Daniel Villulla, asesor técnico de la Cámara de Productores Lecheros de la Cuenca Oeste de Buenos Aires (CAPROLECOBA), un profesional que lleva aproximadamente 45 años vinculado a la actividad. Durante buena parte de ese recorrido trabajó acompañando a productores desde la industria y, posteriormente, desde las organizaciones de los propios tamberos. Esa doble experiencia aparece constantemente en sus reflexiones y le permite observar el negocio desde perspectivas que no siempre coinciden.

Villulla evita las explicaciones simplificadas y, sobre todo, desconfía de los diagnósticos que se construyen más sobre sensaciones que sobre información. No niega las dificultades que enfrenta la producción primaria, pero tampoco comparte la idea de presentar a la lechería como una actividad condenada a atravesar crisis permanentes. Por el contrario, considera que la cadena demostró una notable capacidad de adaptación y que parte de sus transformaciones más importantes ocurrió precisamente durante los períodos de mayores dificultades.

Los números de 2026 permiten comprender su razonamiento. Entre enero y agosto, la producción acumuló un crecimiento cercano al 4,5% respecto del mismo período del año anterior. El incremento, que había comenzado el año con tasas próximas al 10%, fue perdiendo intensidad y las proyecciones sectoriales ubican el crecimiento anual alrededor del 3%. Agosto registró una producción de aproximadamente 1.115 millones de litros y, con la llegada de la primavera, el país atraviesa el momento estacional de mayor oferta de leche.

Lejos de interpretar ese aumento como una amenaza inevitable para los precios, sostiene que existe un equilibrio razonable entre la producción y los destinos comerciales. «Entramos a una primavera bastante bien en términos de producción y colocación de los productos, bastante balanceada», afirmó, rechazando las interpretaciones que anticipan un derrumbe de las cotizaciones simplemente por la mayor disponibilidad de materia prima.

El consumo interno contribuye a explicar ese escenario. Después de la fuerte contracción registrada a comienzos de 2024, cuando la pérdida del poder adquisitivo golpeó especialmente a los alimentos, los lácteos iniciaron una recuperación que todavía continúa. Actualmente, el consumo nacional se ubica alrededor de los 185 a 186 litros equivalentes por habitante al año, mientras que Villulla estima que podría cerrar 2026 cerca de los 188 litros. La cifra representa una mejora significativa, aunque permanece por debajo de los niveles superiores a los 200 litros que Argentina alcanzó en otros momentos.

De todos modos, la recuperación no significa que las familias hayan recuperado sus anteriores hábitos de compra. Las restricciones económicas modificaron la composición de la demanda, con mayor participación de productos básicos y de menor valor agregado. Los quesos frescos, por ejemplo, conservan un lugar importante porque permiten resolver comidas familiares a costos relativamente accesibles, mientras que ciertos yogures, postres y especialidades mantienen mercados más limitados, asociados a consumidores de mayor capacidad económica.

Villulla encuentra allí una expresión de la situación social que atraviesa el país. La lechería, recuerda, forma parte de la economía argentina y no puede permanecer ajena a las dificultades de los consumidores. Cuando los ingresos familiares se ajustan, también cambia la manera de comprar alimentos, los comercios elegidos y la importancia que adquieren las ofertas y promociones.

Al mismo tiempo, las exportaciones comenzaron a ocupar una proporción creciente de la producción nacional. Según los datos que expuso durante la entrevista, los embarques aumentaron alrededor de un 17% en volumen durante 2026, pese a que las cotizaciones internacionales resultaron inferiores a las del año anterior. Actualmente, los mercados externos absorben aproximadamente el 27% de la leche producida, medida en litros equivalentes.

Esa combinación de recuperación del consumo y expansión exportadora ayuda a explicar por qué la producción consigue crecer. Lo que no explica, y allí aparece el problema central, es por qué ese crecimiento no se traduce en mejores resultados económicos para los establecimientos.

El productor hace más leche, pero su capital rinde menos

Cuando la conversación avanzó sobre el precio que recibe el tambero, apareció una de las cifras más reveladoras del presente de la actividad , confirmó que el promedio ponderado nacional se encuentra alrededor de los 535 pesos por litro, aunque naturalmente existen diferencias entre regiones y establecimientos. Pero para comprender qué representa realmente ese ingreso es necesario observar su evolución frente a la inflación y, sobre todo, compararlo con el capital que requiere producir leche.

En ese terreno, los resultados son bastante menos alentadores. De acuerdo con los datos mencionados por el asesor, la facturación de un tambo promedio, medida en pesos constantes, registró hasta agosto una caída del 10,7% respecto del año anterior. Si la comparación se realiza en dólares, el deterioro alcanza el 4,4%. La pérdida de valor también aparece en otros eslabones de la cadena, aunque considera que el sector primario resulta particularmente afectado.

La situación se vuelve todavía más expresiva cuando se analiza la rentabilidad según la escala productiva. Los tambos pequeños presentan un resultado negativo del 1,5% sobre el capital invertido; los medianos, una pérdida del 0,4%, y los establecimientos grandes y más tecnificados alcanzan una rentabilidad positiva del 2,9%. El promedio ponderado de toda la actividad apenas llega al 0,3%.

Para Villulla, esos porcentajes deben compararse con una referencia básica de gestión empresaria: obtener por lo menos un 5% de rentabilidad sobre el capital total invertido. Ninguno de los segmentos considerados, en promedio, alcanza ese objetivo.

«La rentabilidad está demasiado apretada para los productores de leche», resumió, antes de explicar que las diferencias entre establecimientos no responden exclusivamente al tamaño. También intervienen los niveles de productividad, la organización del trabajo, las tecnologías utilizadas y la capacidad de administración de cada empresa.

Pero hay un aspecto especialmente interesante en su interpretación: producir más leche no necesariamente constituye una señal de bienestar económico. En determinadas circunstancias, ocurre exactamente lo contrario. Cuando los márgenes se reducen, el productor procura aumentar los litros para distribuir los costos fijos entre una mayor cantidad de unidades producidas. Es una manera de defender la continuidad de la empresa, aunque no siempre alcance para recuperar la rentabilidad perdida.

En otras palabras, el crecimiento puede representar tanto una oportunidad como una reacción frente a las dificultades. La alimentación del rodeo, uno de los componentes principales del costo directo, mostró en determinados momentos una evolución favorable respecto del precio de la leche, lo que ayudó a sostener la actividad. Sin embargo, permanecen los costos de estructura, las amortizaciones y el capital que debe mantenerse inmovilizado para que el establecimiento continúe funcionando.

El problema adquiere otra dimensión entre los productores de menor escala. Mientras los establecimientos más grandes y eficientes son los que proporcionalmente más contribuyen al crecimiento nacional, los pequeños encuentran dificultades crecientes para acompañar ese proceso. Algunos apenas consiguen sostener sus niveles de producción y otros enfrentan decisiones que comprometen la continuidad familiar de la explotación.

Durante la entrevista surgió entonces una pregunta incómoda: ¿puede afirmarse que los productores que pierden dinero están financiando con su propio capital el crecimiento de la cadena láctea?

El especialista admitió que esa interpretación puede resultar válida desde la perspectiva del establecimiento, pero introdujo una consideración que obliga a mirar el negocio de otra manera. Los precios no se forman simplemente sumando al costo de producción una ganancia considerada razonable. Se construyen a partir de lo que el mercado está dispuesto a pagar, tanto en el consumo interno como en los destinos internacionales.

«Cuando analizás precios, no es costo más margen razonable», señaló, cuestionando una explicación habitual dentro del propio sector.

Ese razonamiento no significa desconocer las necesidades económicas del productor. Por el contrario, obliga a comprender de dónde pueden surgir las posibilidades de mejorar el precio de la materia prima. Una industria que enfrenta consumidores con ingresos limitados, cotizaciones internacionales desfavorables y costos internos elevados también encuentra dificultades para trasladar mayores ingresos a los tambos.

Allí se concentra buena parte de la tensión comercial que actualmente atraviesa la lechería. Los productores necesitan mejores precios para sostener sus empresas, mientras que quienes compran y procesan la leche argumentan que las condiciones del mercado restringen esa posibilidad. Considera que esa tensión debe resolverse dentro de la dinámica económica, aunque advierte que el deterioro de la rentabilidad primaria no puede prolongarse indefinidamente.

La competitividad también empieza fuera del tambo

La discusión sobre los precios condujo inevitablemente a otro problema que Villulla considera decisivo: el costo argentino. Y en este punto su análisis dejó de concentrarse exclusivamente en los productores para extenderse a la industria, la comercialización y las responsabilidades del Estado.

Durante la conversación recordó un estudio realizado por el ingeniero José Quintana sobre los costos que enfrenta la cadena para colocar una tonelada de leche en polvo entera en condiciones FOB, es decir, lista para su exportación a bordo de un barco. La comparación con Uruguay, un competidor cercano y con características productivas que permiten establecer referencias, arrojó una diferencia aproximada de 200 dólares por tonelada en perjuicio de Argentina.

La cifra resulta relevante porque expone un problema que frecuentemente se menciona de manera general, pero pocas veces se presenta con una magnitud concreta. Impuestos, logística, transporte, procesos industriales e infraestructura forman parte de un recorrido cuyo costo termina afectando las posibilidades de competir en los mercados internacionales.

Villulla reconoció que todavía es necesario profundizar en la composición de esa diferencia. Sin embargo, sostuvo que la comparación permite formular una pregunta que el país no debería eludir: si la lechería necesita exportar una proporción cada vez mayor de su producción para continuar creciendo, ¿cómo podrá hacerlo sin mejorar su competitividad?

Y esa mejora, según su planteo, no puede quedar exclusivamente bajo responsabilidad de los tambos.

El asesor recordó que los productores vienen realizando importantes esfuerzos tecnológicos y organizativos para mejorar sus resultados. Pero esos avances pierden parte de su efecto cuando la leche debe recorrer caminos rurales deficientes, enfrentar costos logísticos elevados o soportar cargas que encarecen su llegada al mercado internacional.

En ese contexto, fue particularmente crítico con la costumbre de exigir eficiencia únicamente a quienes producen.

«Estamos de acuerdo. Ahora, eso planteo humildemente que también se lo digan en el espejo, mirando hacia el espejo», expresó al referirse a los pedidos de mayor competitividad que suelen formularse desde las autoridades.

Su razonamiento no busca liberar al productor de responsabilidades, sino distribuirlas entre todos los participantes del negocio. Si Argentina pretende aprovechar sus posibilidades de expansión lechera, entiende que tanto la actividad privada como el Estado deberán revisar los factores que limitan su capacidad de competir.

El problema es especialmente importante porque, a su juicio, el mercado interno difícilmente pueda absorber por sí solo todo el crecimiento potencial de la producción. El aumento de las exportaciones no aparece entonces como una alternativa secundaria, sino como una condición para el desarrollo futuro del sector.

Del ordeño manual a las vacas que llegan solas al robot

Pese al escenario de baja rentabilidad, rechaza que se describa a la lechería como una actividad atrasada tecnológicamente. Su trayectoria le permite reconstruir una transformación que comenzó varias décadas antes de que los sistemas robotizados se convirtieran en una alternativa concreta para numerosos establecimientos.

Recuerda que, mientras la agricultura transitaba sus primeros cambios importantes en los sistemas de labranza, los tambos ya comenzaban a incorporar alambrados eléctricos, pasturas plurianuales y mecanismos de ordeño que reemplazaban progresivamente el trabajo manual. Buena parte de los establecimientos existentes décadas atrás utilizaba todavía procedimientos que hoy resultarían difíciles de imaginar, tanto por las exigencias físicas que demandaban como por sus limitaciones productivas.

La modernización avanzó y terminó modificando profundamente la organización de los establecimientos. Durante la década de 1990, recordó, la producción lechera argentina llegó a duplicarse. A partir de entonces continuaron las inversiones, aunque también avanzó una concentración productiva que transformó la participación de los distintos tamaños de empresas.

En la actualidad, alrededor del 7,5% de los tambos explica entre el 35% y el 40% de la leche nacional, según las cifras mencionadas por Villulla. Detrás de esa participación se encuentran inversiones en infraestructura, genética, alimentación, instalaciones de ordeño y sistemas de gestión que permiten trabajar con rodeos de dimensiones considerablemente mayores a los habituales en otras épocas.

Pero el cambio más reciente tiene características particulares. La incorporación de robots, dispositivos electrónicos y sistemas de monitoreo permanente está modificando la propia naturaleza del trabajo tambero.

Villulla describió establecimientos en los que las vacas se trasladan voluntariamente hacia las instalaciones de ordeño, mientras sensores y programas informáticos reúnen información individual sobre su actividad, alimentación, reproducción y estado sanitario. Los tradicionales horarios rígidos de ordeño comienzan a convivir con esquemas que ofrecen mayor flexibilidad, al mismo tiempo que permiten obtener registros antes imposibles de reunir de manera sistemática.

El asesor se detuvo especialmente en las posibilidades de los collares electrónicos y otros dispositivos que monitorean cada animal. La información disponible permite detectar cambios de comportamiento, identificar celos, anticipar problemas sanitarios y mejorar numerosas decisiones vinculadas con el manejo cotidiano del rodeo.

Sin embargo, aclaró que la tecnología no significa necesariamente trabajar menos, sino desarrollar tareas diferentes. Los establecimientos necesitan personas capaces de interpretar información, administrar sistemas y coordinar decisiones entre propietarios, tamberos, veterinarios e ingenieros agrónomos.

La automatización también cambia las condiciones laborales y, según sus observaciones, puede mejorar el bienestar de los animales y de quienes trabajan diariamente con ellos. Particularmente describió con entusiasmo algunas de sus visitas a establecimientos robotizados y propuso conocer personalmente ese tipo de instalaciones para comprender la magnitud de los cambios.

«Te va a sorprender ver vacas sin estrés», aseguró, antes de señalar que la nueva organización del ordeño también puede reducir buena parte de las exigencias rutinarias que históricamente caracterizaron al trabajo en los tambos.

Desde su perspectiva, los sistemas robotizados ofrecen posibilidades particularmente interesantes para establecimientos de hasta 400 o 500 vacas, con equipos capaces de atender aproximadamente entre 60 y 70 animales. Para explotaciones de mayor escala, considera que las instalaciones rotativas mantienen ventajas importantes, aunque imagina una evolución que terminará acercando ambas tecnologías.

Nada de eso, sin embargo, puede separarse de la necesidad de inversión. La falta de financiamiento adecuado constituye una de las principales limitaciones para incorporar tecnologías, especialmente entre las empresas de menor tamaño.

Y allí aparece otra de las cuestiones que considera indispensables para discutir el futuro de la actividad.

Los tambos chicos y una discusión que empieza en la familia

Cuando la conversación se concentró en los productores de pequeña escala, dejó una reflexión que probablemente resulte incómoda para quienes consideran que la continuidad de todos los establecimientos debería constituir un objetivo en sí mismo.

Su mirada parte de una experiencia personal prolongada. Durante sus años de trabajo en la industria acompañó a numerosos productores pequeños y medianos, e incluso organizó grupos de asesoramiento destinados específicamente a establecimientos de esas características. Conoce sus dificultades, sus capacidades y el peso que la historia familiar tiene dentro del negocio.

Precisamente por ese conocimiento, considera necesario distinguir entre las familias que desean continuar produciendo leche y aquellas que, por motivos económicos, personales o generacionales, ya no encuentran razones para mantener la explotación.

No existe, sostiene, una obligación moral de conservar una actividad simplemente porque la desarrollaron los padres o los abuelos. Los hijos de una familia tambera pueden elegir otras profesiones, emprender distintos negocios o decidir que su futuro no está relacionado con la producción lechera. Esa decisión no debería interpretarse automáticamente como un fracaso.

El problema es diferente cuando existe voluntad de continuar, pero la escala, la organización o la falta de inversiones comprometen la viabilidad del establecimiento.

Para esos productores, Villulla propuso dos conceptos que considera fundamentales: «Asociativismo y especialización».

Su planteo va bastante más allá de recomendar que los productores se agrupen para comprar insumos o comercializar leche. Propone revisar la organización de las propias empresas y estudiar la posibilidad de integrar establecimientos vecinos, compartir inversiones y distribuir funciones de acuerdo con las capacidades de sus integrantes.

Durante la entrevista desarrolló un ejemplo concreto. Dos productores familiares, propietarios o responsables de campos cercanos, podrían decidir concentrar el rodeo lechero en uno de los establecimientos y especializar el otro en la producción de alimentos. Uno asumiría la conducción de las actividades ganaderas y el otro se ocuparía de la agricultura, la confección de reservas y otras tareas vinculadas con la alimentación.

De esa manera, ambos podrían acceder a una escala mayor, compartir asesoramiento profesional, distribuir los costos de nuevas tecnologías y desarrollar una empresa con mejores perspectivas que las que tendrían trabajando por separado.

Naturalmente, reconoce que una transformación de esas características implica dificultades. Exige acuerdos, confianza, contratos, decisiones familiares y una modificación profunda de las formas tradicionales de administrar los establecimientos. Pero considera que esas dificultades no justifican descartar la alternativa antes de analizarla.

También recordó que las empresas más grandes no alcanzaron su dimensión actual sin atravesar procesos complejos de inversión y reorganización. La diferencia, en muchos casos, estuvo relacionada con una mayor capacidad financiera para afrontar los cambios.

Su mensaje está dirigido especialmente a quienes tienen voluntad de permanecer dentro de la lechería y están dispuestos a revisar la manera en que producen. La continuidad, desde esa perspectiva, no depende únicamente de conseguir un mejor precio por litro, sino también de construir empresas capaces de funcionar en condiciones económicas y tecnológicas diferentes.

Una industria que deberá prepararse para otra demanda

Las perspectivas de crecimiento de la producción plantean, además, una cuestión que excede a los establecimientos: la capacidad de la industria argentina para recibir, procesar y comercializar mayores volúmenes de leche.

Considera que la capacidad instalada todavía permite absorber razonablemente la producción destinada a los productos tradicionales, aunque reconoce que existen plantas con problemas de obsolescencia y un proceso de reorganización empresarial que incluye cierres, adquisiciones y cambios de propietarios.

La situación podría resultar diferente en los próximos años, especialmente si se mantienen las posibilidades de crecimiento de la producción primaria. Pero el desafío industrial no pasa únicamente por disponer de instalaciones capaces de procesar más litros. También será necesario interpretar cómo está cambiando la demanda.

El asesor identificó dos tendencias relevantes. Una de ellas es el desplazamiento gradual de parte del consumo hacia productos que permiten incorporar la leche a través de los alimentos, particularmente los quesos. La otra es el creciente interés de distintos mercados por los ingredientes lácteos con mayor concentración de proteínas.

En ese terreno aparecen oportunidades para el suero en polvo y los concentrados proteicos, productos cuya elaboración requiere inversiones y tecnologías industriales específicas. Entiende que Argentina deberá prestar especial atención a esos mercados si pretende ampliar su participación internacional.

La discusión, por lo tanto, tiene una dimensión estratégica. No alcanza con mejorar la productividad de los tambos y conseguir más leche si después la cadena encuentra dificultades para transformarla en los productos que demandan los compradores.

El futuro exportador estará vinculado tanto con la competitividad de los costos como con la capacidad industrial para adaptar su oferta.

Por qué 2027 podría marcar una pausa

Después de describir un 2026 caracterizado por el crecimiento de la producción, la recuperación del consumo y el avance de las exportaciones, introdujo una dosis de cautela al proyectar el comportamiento de la actividad durante 2027.

Su expectativa es que el crecimiento se reduzca considerablemente e incluso que la producción pueda mantenerse en niveles similares a los del año actual.

«Creemos unos cuantos que el crecimiento en el 2027 va a ser mucho menor, si lo hay», expresó, aclarando que se trata de una perspectiva compartida con otros integrantes del sector y no de una certeza estadística.

Detrás de ese pronóstico aparecen varios factores. Por un lado, la situación económica argentina y las dificultades para sostener una recuperación significativa de la demanda. Por otro, la incertidumbre internacional, los cambios comerciales y la necesidad de recomponer los ingresos de los productores.

Estima que una actividad con rentabilidades tan reducidas difícilmente pueda mantener indefinidamente tasas elevadas de crecimiento. En algún momento, entiende, la producción deberá ajustarse a las condiciones efectivas de la demanda y a las posibilidades económicas de quienes la generan.

Eso no significa necesariamente una caída del volumen nacional. Su expectativa apunta más bien a una desaceleración, salvo que intervengan factores extraordinarios, como problemas climáticos de importancia.

El horizonte de los próximos años, reconoció, presenta dificultades. Pero también dejó claro que las posibilidades de desarrollo siguen existiendo y dependerán de cómo evolucione el conjunto de la cadena.

Cuarenta y cinco años de lechería y una manera distinta de mirar el negocio

Hacia el final de la entrevista, la conversación dejó parcialmente de lado las estadísticas para recorrer la experiencia personal

Durante aproximadamente veinte años trabajó desde la industria, principalmente en actividades de asistencia y asesoramiento a productores remitentes. Recordó particularmente su paso por Gándara, donde integró equipos técnicos dedicados a acompañar el desarrollo de los establecimientos lecheros.

Los siguientes veinticinco años de su carrera estuvieron vinculados con los productores de la Cuenca Oeste bonaerense. Esa etapa incluyó experiencias de organización comercial que llegaron a coordinar la venta de entre 800.000 y 900.000 litros de leche, además de la participación en el desarrollo de CAPROLECOBA como organización empresaria de productores.

Su recorrido también comenzó mucho más cerca de las tareas cotidianas del tambo de lo que podría suponerse. Mientras estudiaba, trabajó como ayudante de ordeñador, una experiencia que, según explicó, contribuyó a formar su manera de relacionarse con quienes realizan diariamente las tareas productivas.

De aquellos años conserva una enseñanza que considera particularmente valiosa para los profesionales que llegan a un establecimiento con la intención de asesorar o introducir modificaciones.

«A la gente antes que indicarle cómo hacer las cosas hay que preguntarle por qué hace lo que hace», sostuvo.

Es una reflexión sencilla, pero que resume una forma de entender el trabajo técnico. Villulla considera que detrás de muchas prácticas aparentemente equivocadas existen circunstancias, experiencias y condicionantes que deben conocerse antes de proponer soluciones. La relación entre el profesional y el productor, desde esa perspectiva, comienza por comprender la realidad del establecimiento.

Esa misma mirada explica su insistencia en que la lechería debe analizarse como una actividad empresaria y no únicamente como una sucesión de resultados mensuales.

La última pregunta de la entrevista lo llevó precisamente a ese terreno: si un joven dispusiera de tierra, capital y voluntad de invertir, ¿le recomendaría instalar un tambo en Argentina?

No respondió de manera automática. Como ingeniero agrónomo, aclaró que una decisión semejante depende de numerosas variables: ubicación, calidad de los suelos, superficie disponible, conocimientos previos, financiamiento y características del proyecto.

Pero una vez consideradas esas condiciones, su respuesta fue afirmativa, especialmente cuando se trata de una inversión pensada para el largo plazo.

El argumento resulta interesante porque se aparta de la rentabilidad inmediata. El tambo exige inversiones específicas, instalaciones, animales, equipamiento y una organización productiva que no pueden improvisarse ni abandonarse de un año para otro. Esa condición representa una dificultad para ingresar o salir del negocio, pero también puede convertirlo en una actividad con una importante capacidad de acumulación patrimonial.

Estableció una diferencia con determinadas actividades agrícolas, en las que resulta posible ingresar durante una campaña, contratar servicios, producir y eventualmente retirarse al año siguiente. En la lechería, en cambio, las inversiones obligan a construir una empresa con otra perspectiva temporal.

Y allí dejó una de las reflexiones más profundas de toda la conversación: el empresario que piensa su actividad a largo plazo no debería concentrarse exclusivamente en cuánto dinero gana cada mes, sino también en cómo conserva y desarrolla su capital.

«El empresario de cierta envergadura tiene como principal motivación incrementar el capital, preservar e incrementar el capital», afirmó.

Desde esa mirada, considera que un proyecto lechero bien diseñado y correctamente administrado puede representar una oportunidad de capitalización importante para quien esté dispuesto a sostenerlo durante diez, quince o veinte años.

La afirmación adquiere especial significado después de haber dedicado buena parte de la entrevista a describir tambos con rentabilidad negativa. Villulla no desconoce esa contradicción. Su planteo consiste precisamente en diferenciar las dificultades económicas del presente de las posibilidades patrimoniales que puede ofrecer una actividad desarrollada con una estrategia empresarial adecuada.

La lechería argentina enfrenta problemas que no se resolverán simplemente produciendo más litros. Necesita recuperar rentabilidad, mejorar su competitividad, modernizar sectores de la industria y generar condiciones para que los establecimientos que desean continuar encuentren herramientas para hacerlo. Pero también dispone de productores, trabajadores, técnicos y empresarios que durante décadas demostraron capacidad para adaptarse a escenarios difíciles.

En una conversación atravesada por los números, terminó recordando algo que las estadísticas difícilmente puedan reflejar por completo: detrás de cada tambo existen personas, familias, decisiones empresariales, experiencias acumuladas y una relación muy particular con una actividad que exige trabajo todos los días del año.

Quizás por eso, después de 45 años, continúa hablando de la lechería con el entusiasmo de quien todavía encuentra razones para apostar por su futuro. Y aunque sus diagnósticos económicos estén lejos de ser complacientes, su mensaje no es el de una actividad sin posibilidades, sino el de un sector que necesita comprender sus problemas con precisión para decidir cómo enfrentarlos.