
Horacio Esteban – Director Portal Agropecuario
Nacida de la necesidad de los productores de organizarse para defender su trabajo, la entidad atravesó crisis, desencuentros y políticas que golpearon al interior productivo. Su participación en el conflicto por la Resolución 125 confirmó el valor de la acción gremial conjunta. El desafío ahora es fortalecer las bases y convertir al cooperativismo en protagonista de una nueva agroindustria argentina.
Cumplir 70 años no puede limitarse a soplar las velas, homenajear a los fundadores y enumerar acontecimientos. En una institución como CONINAGRO, el aniversario obliga a mirar la historia completa: los logros, las luchas, las crisis, las decisiones acertadas y también las etapas en las que el cooperativismo se alejó peligrosamente de su razón de ser.
Para comprender lo que representa la entidad hay que retroceder incluso más allá de 1956. La historia del cooperativismo agropecuario argentino comenzó a escribirse a fines del siglo XIX, cuando inmigrantes y pequeños productores descubrieron que, actuando individualmente, tenían pocas posibilidades de enfrentar el granizo, conseguir financiamiento, comprar insumos o comercializar su producción en condiciones justas.
En 1898 se constituyó en Pigüé, provincia de Buenos Aires, El Progreso Agrícola, considerada la primera cooperativa rural del país. No nació de una teoría económica ni de una decisión estatal. Surgió de una necesidad concreta: los productores debían ayudarse entre sí para protegerse frente a riesgos que ninguno podía afrontar por separado.
Esa misma necesidad impulsó posteriormente la creación de cooperativas agrícolas, ganaderas, tamberas, vitivinícolas, yerbateras, arroceras, frutícolas y algodoneras. En muchos pueblos del interior, la cooperativa terminó siendo mucho más que una empresa. Fue el lugar donde se acopiaba y comercializaba la producción, se compraban insumos, se obtenía financiamiento y se discutían los problemas de la comunidad.
Pero pronto quedó claro que las cooperativas aisladas tampoco alcanzaban. Para ganar escala y representación comenzaron a integrarse en federaciones. Y esas federaciones, a su vez, comprendieron que necesitaban una voz nacional.
El antecedente directo de CONINAGRO fue el Consejo Intercooperativo Agrario de Coordinación y Arbitraje, creado el 24 de abril de 1953. Ese mismo año, el Gobierno nacional reconoció a su conducción como representación del movimiento cooperativo agropecuario y conformó una comisión consultiva para mantener el diálogo con el Estado sobre los problemas de la producción.
Ese proceso de integración desembocó finalmente en la Asamblea Constitutiva del 18 de septiembre de 1956, cuando ocho federaciones dieron nacimiento a la Confederación Intercooperativa Agropecuaria Cooperativa Limitada.
Entre las entidades fundadoras estuvieron organizaciones de Entre Ríos, Misiones, Buenos Aires, Santa Fe, Río Negro y Neuquén, junto con federaciones que representaban a productores de distintas actividades y regiones. Años después se sumaron centrales de enorme peso, como la Asociación de Cooperativas Argentinas y SanCor, fortaleciendo la unidad del movimiento cooperativo agrario.
CONINAGRO nació así como una entidad de tercer grado. En su base se encontraban los productores; esos productores constituían cooperativas; las cooperativas se integraban en federaciones y las federaciones conformaban la Confederación.
Ese recorrido no es un detalle administrativo. Explica dónde debería residir siempre el poder dentro del sistema: la fuerza nace en el productor y debe avanzar desde abajo hacia arriba, nunca al revés.
Una construcción que debió resistir a la Argentina
Desde su fundación, CONINAGRO asumió la tarea de representar y defender a los productores asociados y de construir, mediante el cooperativismo, capital social para el desarrollo de las comunidades del interior.
La entidad logró mantenerse en pie en una Argentina que pocas veces ofreció continuidad, previsibilidad o reglas estables. Atravesó inflaciones, devaluaciones, controles de precios, retenciones, cierres de exportaciones, endeudamientos, crisis financieras, cambios tecnológicos y la desaparición de miles de productores.
Cada uno de esos golpes repercutió sobre las cooperativas. Cuando desaparece un productor no se pierde solamente una unidad económica. Se debilita la cooperativa, disminuye la actividad comercial del pueblo, se pierden empleos y se acelera la concentración productiva.
Por eso, sostener durante siete décadas una representación nacional del cooperativismo agropecuario tiene un valor que no debería subestimarse. CONINAGRO debió reunir actividades y realidades completamente diferentes.
No enfrenta los mismos problemas un tambero santafesino que un vitivinicultor mendocino, un productor yerbatero de Misiones, un arrocero correntino, un ganadero patagónico o un agricultor de la región pampeana. Mantener esas producciones alrededor de una misma mesa exigió diálogo, renunciamientos y capacidad para encontrar intereses comunes.
No siempre se consiguió. Hubo divisiones, alejamientos, cooperativas que desaparecieron y otras que perdieron el vínculo con sus asociados. También existieron errores de administración y conducciones que confundieron la profesionalización con la concentración del poder.
El cooperativismo argentino conoce una advertencia brutal que durante años circuló por los pueblos: “gerentes ricos y cooperativas pobres”.
La frase no debería utilizarse para desacreditar a los buenos administradores. Las cooperativas necesitan gerentes capacitados, técnicos preparados y estructuras eficientes. Pero sí expone una deformación inadmisible: cuando la organización comienza a servirse de los productores en lugar de servirlos.
No existe verdadero cooperativismo cuando la administración prospera mientras el asociado se descapitaliza. Tampoco cuando los balances dejan de comprenderse, las decisiones se concentran, la participación se vuelve formal o los cargos terminan convertidos en espacios permanentes de poder.
Una cooperativa no es cooperativa solamente por su figura jurídica. Lo es cuando mantiene el control democrático, informa con transparencia, distribuye con equidad y coloca al productor en el centro de cada decisión.
La 125 y la fuerza de actuar juntos
Uno de los momentos decisivos en la trayectoria de CONINAGRO llegó en 2008, durante el conflicto provocado por la Resolución 125 y su esquema de retenciones móviles.
CONINAGRO no fue una invitada circunstancial de la Comisión de Enlace de Entidades Agropecuarias. Fue una de las cuatro organizaciones que la constituyeron y tuvo una participación activa en las negociaciones, las movilizaciones y la defensa de los productores.
Su presencia aportó la mirada de los pequeños y medianos productores integrados, las cooperativas y las economías regionales. También demostró que entidades con historias, culturas y bases diferentes podían actuar juntas cuando estaba en juego un interés superior.
La Resolución 125 terminó siendo rechazada en el Senado, pero su enseñanza más importante no fue solamente parlamentaria. El conflicto mostró que el campo podía superar sus diferencias y transformar reclamos dispersos en una discusión nacional sobre producción, federalismo, presión tributaria y desarrollo del interior.
La unidad le otorgó al sector una capacidad de representación que ninguna entidad habría alcanzado actuando por separado.
Recordar aquella participación no significa quedar anclados en 2008 ni convertir la protesta en una pieza de museo. Significa entender que la unidad gremial debe sostenerse aun cuando no haya rutas colmadas o una emergencia inmediata.
La unidad no puede aparecer solamente como reacción frente a una amenaza. Debe servir para construir una propuesta de país.
El cooperativismo como salida
La Argentina necesita más cooperación, aunque sería ingenuo afirmar que cualquier organización, por el solo hecho de llamarse cooperativa, constituye una solución.
El cooperativismo puede ser una de las salidas más concretas para el país siempre que sea genuino, transparente, eficiente y esté verdaderamente controlado por sus asociados. Una cooperativa mal administrada puede repetir los mismos vicios de cualquier empresa concentrada o institución burocratizada.
Cuando funciona correctamente, en cambio, permite que el pequeño y mediano productor gane escala sin perder su identidad, acceda al financiamiento, incorpore tecnología, industrialice su materia prima, llegue a los mercados internacionales y participe de una porción mayor del valor que genera.
También produce algo que una empresa convencional no está obligada a construir: arraigo.
La cooperativa mantiene la actividad económica en los pueblos, sostiene empleos, brinda servicios, capacita a los productores y evita que todas las decisiones se concentren en las grandes ciudades. El excedente generado no debería terminar lejos del territorio, sino regresar en mejores servicios, infraestructura, inversiones y oportunidades.
Por eso, fortalecer el cooperativismo no significa regresar al pasado. Significa preparar a los productores para competir en una agroindustria cada vez más tecnológica, integrada y global.
Las cooperativas deberán ser protagonistas de la bioeconomía, la transformación digital, la trazabilidad, las energías renovables, la industrialización en origen y la apertura de nuevos mercados. Tendrán que profesionalizarse sin burocratizarse y alcanzar escala sin alejarse de sus bases.
También deberán atraer a los jóvenes, incorporar plenamente a las mujeres en los espacios de conducción y ofrecer oportunidades concretas para que las nuevas generaciones puedan continuar produciendo y viviendo en sus comunidades.
CONINAGRO, por su parte, deberá seguir nutriendo esa enorme red territorial en propuestas nacionales: financiamiento adecuado a los ciclos productivos, infraestructura, conectividad, seguros agropecuarios, menor presión tributaria, eliminación de las distorsiones que castigan la producción y políticas diferenciadas para las economías regionales.
Tendrá que hacerlo como lo hizo siempre, con independencia. Dialogar con todos los gobiernos, pero sin convertirse en dependencia de ninguno. Reconocer las medidas acertadas y cuestionar las que perjudiquen a los productores, sin importar quién ocupe circunstancialmente el poder.
Mucho se hizo, mucho falta
Los 70 años de CONINAGRO demuestran que mucho se ha construido. Haber sostenido una representación nacional del cooperativismo agropecuario en un país atravesado por tantas crisis ya constituye un mérito enorme.
Pero la trayectoria no puede utilizarse como refugio frente a los desafíos actuales. También debe funcionar como una exigencia.
La entidad como hasta ahora lo ha hecho debe volver permanentemente a su origen: la fuerza nace en el productor, continúa en la cooperativa, se integra en las federaciones y llega finalmente a la Confederación. Cuando ese recorrido se invierte y las decisiones bajan desde la cúpula sin escuchar a las bases, el sistema pierde legitimidad.
El cooperativismo no consiste en que todos piensen igual. Consiste en que personas diferentes comprendan que juntas pueden defender mejor su trabajo y construir algo que individualmente sería imposible.
Esa fue la necesidad que impulsó a los productores de Pigüé a organizarse en 1898. Fue la convicción que reunió a las federaciones fundadoras de CONINAGRO en 1956. Fue también la fuerza que permitió actuar junto con las demás entidades durante el conflicto de la Resolución 125.
Y debe ser el principio que oriente los próximos 70 años.
La Argentina necesita producir más, industrializar más y exportar más. Pero, sobre todo, necesita evitar que la riqueza salga de sus territorios sin dejar desarrollo, trabajo y oportunidades.
Un cooperativismo fuerte, moderno, transparente y unido puede ayudar a cambiar esa historia. No será una solución automática ni estará libre de errores, pero es una de las pocas herramientas capaces de combinar competitividad con solidaridad, escala con identidad y producción con arraigo.
A los 70 años, CONINAGRO enfrenta el desafío de conservar su trayectoria. Pero también de demostrar que aquella construcción iniciada en 1956 puede ofrecerle un rumbo a la Argentina.
Porque en un país acostumbrado a dividir, concentrar y empezar siempre de nuevo, cooperar también es una forma de construir futuro.

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